COMENTARIO
Estos capítulos constituyen la tercera parte del libro de Isaías, llamada también «Tercer Isaías» o «Tritoisaías». Está compuesta por visiones proféticas y oráculos sobre la nueva Sión y las naciones de la tierra. La variedad de estilo y de contenido hace difícil mostrar una estructura clara; más bien parece que el autor sagrado reunió estos oráculos con cierto desorden buscando únicamente que tuvieran un marcado carácter escatológico y universal. A pesar de todo, el cap. 61 está colocado en el centro con toda intención, puesto que constituye el punto culminante de toda esta parte; también son estratégicos el principio (56,1-8) y el final (66,18-24), que repiten el alcance universal de la justicia y del culto. En esta edición, para facilitar la lectura de esta tercer parte, se ha dividido en tres secciones. La primera (56,1-59,21) recoge un conjunto de oráculos que abre ya perspectivas de salvación de alcance universal, aunque su llegada experimenta retrasos a causa de los pecados del pueblo de Dios. En la segunda (60,1-64,11) se anuncia desde Jerusalén a todas las naciones la salvación que otorgará el Señor. Por fin, la tercera sección (65,1-66,24) desarrolla el juicio de Dios que otorgará a cada uno lo que merezca, ya sea el castigo por sus pecados, ya sea la salvación.
Los oráculos se encuadran históricamente en los tiempos que siguieron a la vuelta del exilio de Babilonia tras el decreto liberador de Ciro (539 a.C.). Estos años fueron para Judá como una vuelta a empezar. Dios les envía mensajes de esperanza dentro de la humillante experiencia de los años del destierro y la dureza de enfrentarse con todo lo que estaba casi destruido. Queda claro, de ahora en adelante, que la paz y la salvación están vinculadas a la vuelta a Dios, a la conversión, a la práctica de la justicia y la santidad.
En este contexto el horizonte de la salvación divina se ensancha hasta metas universales, superando las estrecheces de una mentalidad nacionalista y exclusivista. Cuando los textos proféticos hablan de Sión la conciben como el corazón de un nuevo modo de entender la humanidad, como foco de luz para todos los pueblos. La nueva Jerusalén es el símbolo de un orden nuevo, como lo será en el Apocalipsis de San Juan. Aunque la reconstrucción del Templo estará en el afán de los repatriados (60,7-13), se enseña ahora que la restauración material no es objetivo último, pues el trono de Dios se encuentra en los cielos y la tierra es sólo el estrado de sus pies (66,1-2). La esperanza de un futuro esplendoroso no se cifra en instituciones externas: ni en la monarquía que no existe, ni en otra autoridad humana, ni en la fuerza de las armas. Incluso el culto y las prácticas legales, como el ayuno y los sacrificios, serán purificados del viejo formalismo (58,1-14). Dios salvará al pueblo directamente (62,2-12). El horizonte nuevo que abre el «Tercer Isaías» tiene su correlativo en Ageo y Zacarías y, sobre todo, sirve de lejana preparación a la visión escatológica del Apocalipsis de San Juan.