COMENTARIO

 Is 56,9-12 

El profeta ha invitado de parte del Señor a pueblos extranjeros para que acudan a su casa de oración (56,1-8) y llamará también a otros, pues los primeros en ser convocados, los dispersos de Israel, fueron confundidos y abandonados por la malicia de los pastores o dirigentes del pueblo. La desidia de los que deberían haber cuidado al pueblo sencillo los hace merecedores de los más duros reproches (cfr v. 10).

«Perros mudos, incapaces de ladrar» (v. 10). El Papa San Gregorio Magno, meditando sobre estas palabras del profeta, piensa en la responsabilidad de los pastores de la Iglesia que no denuncian los errores: «Con frecuencia, acontece que hay algunos prelados poco prudentes, que no se atreven a hablar con libertad por miedo de perder la estima de sus súbditos; con ello, como lo dice la Verdad, no cuidan de su grey con el interés de un verdadero pastor, sino a la manera de un mercenario, pues callar y disimular los defectos es lo mismo que huir cuando se acerca el lobo. Por eso, el Señor reprende a esos prelados, llamándoles, por boca del profeta: Perros mudos, incapaces de ladrar» (Regula pastoralis 2,4). Y San Bonifacio añade: «No seamos perros mudos, no seamos centinelas silenciosos, no seamos mercenarios que huyen del lobo, sino pastores solícitos que vigilan sobre el rebaño de Cristo, anunciando el designio de Dios a los grandes y a los pequeños, a los ricos y a los pobres, a los hombres de toda condición y de toda edad, en la medida en que Dios nos dé fuerzas, a tiempo y a destiempo, tal como lo escribió San Gregorio en su libro de los pastores de la Iglesia» (Epistolae 63).

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