COMENTARIO

 Is 57,1-13 

Resulta extraño que este oráculo esté situado aquí: los pecados que denuncia cuadran mejor con los primeros años de la predicación de Isaías (740 a.C. y siguientes). Quizá la razón de que se encuentre en este lugar sea la crítica de los dirigentes —corruptores del pueblo—, que enlaza y amplía el contenido del oráculo precedente (56,9-12). Las palabras del oráculo son muy duras (v. 3), a imitación de los antiguos profetas como Amós. Los hombres no sienten la urgencia de acudir al Señor para pedirle auxilio, actúan como si no existiese (v. 11b): realizan prácticas crueles como sacrificios de niños (v. 5) y dan culto abominable a los ídolos (v. 7), participando quizá en ritos de prostitución sagrada —«mano» es aquí un eufemismo— (vv. 8-10). A pesar de la crudeza en las denuncias, el oráculo recuerda en tono irónico la incapacidad de los ídolos para ayudar (v. 13a), en contraste con la eficacia del Señor a favor de los piadosos (v. 13b). Por eso, viene a ser un oráculo de consuelo y esperanza para los que perseveran confiando en el Señor.

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