COMENTARIO
En este oráculo de consuelo se evocan temas ya conocidos en los textos anteriores de Isaías: el nuevo éxodo (v. 14) contiene palabras parecidas a 40,1-3; la presentación de Dios como ser transcendente, aunque cercano a los que se humillan (v. 15; cfr Sal 51,19) recuerda la teofanía de 6,1-3; la interpretación del destierro como castigo temporal (v. 17) coincide con la explicación de 54,8, si bien aquí se concreta que la chispa que provocó el exilio fue la avaricia de los antepasados. Sin embargo, al profeta, como en el oráculo anterior, le preocupan los que dentro del pueblo no son fieles; les llama «impíos», y reciben el mismo veredicto que en 48,20: no tendrán paz (v. 21).
El autor sagrado de esta parte del libro no pretende ser original en la exposición de su mensaje, pero sí actualizar la doctrina conocida de tal modo que los más fieles se sientan consolados y estimulados a perseverar, y los egoístas e impíos reconozcan sus errores y cambien de conducta.
El v. 19 es citado por San Pablo (Ef 2,17-18), aplicado a la proclamación del Evangelio, enseñando que la obra redentora de Cristo ha conseguido el acercamiento y paz entre judíos y gentiles, y la reconciliación de todos con Dios.