COMENTARIO

 Is 58,1-14 

Una nueva denuncia, muy al estilo de esta parte del libro: se condena con severidad y crudeza el delito, que en este caso se trata del formalismo en la práctica del ayuno (vv. 1-7), pero se termina con palabras de aliento y consuelo (vv. 8-14) y no con la condena que cabría esperar. El Señor no tolera la hipocresía de una religiosidad meramente externa, que no se refleja en promover y respetar la justicia en la vida ordinaria y la preocupación por los más necesitados. Quienes actúan así están muy lejos de haber conocido a Dios. Por eso el profeta es impulsado a no cesar en su empeño de denuncia y enseñanza (v. 1).

«Día tras día me andan buscando», dice el Señor (v. 2), es decir, «consultan mis oráculos», lo cual es una falsa concepción de la religión. La vuelta a Dios no consiste en multiplicar los actos externos de culto y los ayunos, mientras se practican injusticias, se oprime al obrero y se abandona al pobre. No es de extrañar que Dios no atienda los ayunos realizados mientras no se corrijan la injusticia y la violencia (vv. 3-6). En el poema hay alternancia de sujetos: primero Dios se dirige al profeta para que grite sin cansancio en la denuncia de las hipocresías (vv. 1-2); a continuación se cede la palabra a los hombres que se quejan de que Dios no los atiende en sus ayunos (v. 3); finalmente aparecen la enseñanza y reproches divinos: Dios no acoge el ayuno, la piedad hipócrita que se hace compatible con toda suerte de injusticias (vv. 4-7); por el contrario, el Señor atenderá generosamente los ruegos cuando vayan acompañados de obras de justicia y caridad (vv. 8-14).

Las obras de misericordia recomendadas en este oráculo resuenan en el discurso de Jesús sobre el juicio final recogido en el primer evangelio (Mt 25,35-45). La espiritualidad cristiana ha insistido siempre en el amor al prójimo y en el ejercicio efectivo de las obras de misericordia como demostración cierta del amor a Dios y de la verdadera religión, pues «las obras de misericordia son la prueba de la verdadera santidad» (Rábano Mauro, recogido por Santo Tomás de Aquino en la Catena Aurea). San León Magno, por su parte, enseñaba: «Que cada uno de los fieles se examine, pues, a sí mismo, esforzándose en discernir sus más íntimos afectos; y, si descubre en su conciencia frutos de caridad, tenga por cierto que Dios esta en él y procure hacerse más y más capaz de tan gran huésped, perseverando con más generosidad en las obras de misericordia (Sermones 48,3).

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