COMENTARIO
Magnífico himno a Jerusalén, la ciudad restaurada e idealizada que el profeta no necesita nombrar expresamente. La luminosidad, como característica más notable de la capital, abre y cierra el poema (vv. 1-3 y 19-22): brota de la gloria del Señor, que ha puesto su morada en ella, en su Templo, y atrae a todas las naciones no sólo porque las instruye con la Ley y la palabra de Dios, como se cantaba al inicio del libro (2,2-4; cfr Mi 4,1-3), sino porque las asombra con su esplendor. El centro del poema es una contemplación gozosa de las peregrinaciones hacia la ciudad santa: allá vienen, en primer lugar, los israelitas que habían sido dispersados por todas las naciones; vienen gozosos y cargados de riquezas para el Señor (vv. 4-9). Llegan también los extranjeros, que con sus bienes más preciados reconstruirán y embellecerán lo que antes habían derruido. La pleitesía que han de tributar corresponde a las antiguas vejaciones que le habían infligido (vv. 10-14). Pero, sobre todo, llega el Señor, que junto con los adornos más valiosos trae la paz (vv. 15-18) y la luz (vv. 19-22). Tales expectativas debieron de llenar de esperanza a los habitantes de Jerusalén, que acababan de reconstruir el Templo.
Este poema tiene resonancias evidentes en la descripción escatológica de la Jerusalén celestial del Apocalipsis de San Juan (cfr Ap 21,9-27). Basta comparar algunas expresiones citadas casi al pie de la letra: el v. 3 con Ap 21,24 («A su luz caminarán las naciones, y los reyes de la tierra le rendirán su gloria»); el v. 11 con Ap 21,25-26 («Sus puertas no se cerrarán en todo el día, porque allí no habrá noche»); el v. 14 con Ap 3,9 («Haré que ellos vengan a postrarse ante tus pies»); el v. 19 con Ap 21,23 («La ciudad no tiene necesidad de que la alumbre el sol ni la luna: la ilumina la gloria de Dios y su lámpara es el Cordero») y 22,5 («Ya no habrá noche: no tienen necesidad de luz de lámparas ni de la luz del sol, porque el Señor Dios alumbrará sobre ellos y reinarán por los siglos de los siglos»). En definitiva, la esperanza de la primitiva cristiandad —y la consolación que aguarda el nuevo pueblo de Dios— está en continuidad con la del antiguo pueblo de Israel. El mensaje de Isaías y el del Apocalipsis están reclamando, cada uno desde sus circunstancias históricas concretas, la fe firme en el Salvador de todos. El Nuevo Testamento da plenitud al Antiguo al confesar abiertamente que Dios nos salva en su Hijo Jesucristo.