COMENTARIO

 Is 61,1-11 

En el clima de exaltación de Jerusalén reflejado en el himno anterior, el profeta introduce este importantísimo oráculo sobre el nuevo mensajero (vv. 1-3). El resto del capítulo está formado por tres estrofas que cantan de nuevo las maravillas de la ciudad santa, manifestadas de tres maneras distintas: en la renovación profunda y espiritual (vv. 4-7), en el cumplimiento decisivo de las antiguas promesas patriarcales (vv. 8-9), en la alegría ritual, comparable a la de los novios en sus desposorios, o a la del labriego que contempla una cosecha fecunda (vv. 10-11).

La novedad de los acontecimientos y detalles de la ciudad mira hacia horizontes definitivos, hacia la escatología, es decir, hacia la intervención definitiva y salvadora del Señor. En este contexto, las realidades nuevas significan realidades últimas y decisivas, y por tanto que han llegado a su plenitud. Ya que en el Nuevo Testamento la Iglesia es llamada construcción de Dios (1 Co 3,9), edificada sobre el fundamento de los Apóstoles (1 Co 3,11), la tradición cristiana ha visto en la Jerusalén renovada y exaltada una figura de la Iglesia que camina en este mundo y se manifestará en el momento final (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 756-757).

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