COMENTARIO

 Is 62,1-12 

La ciudad nueva de Jerusalén es ahora mencionada expresamente e identificada con Sión (v. 1). Será exaltada en este nuevo himno puesto en boca del profeta, que juega poéticamente con los sobrenombres que recibe en el marco de la imagen esponsal tantas veces repetida en los profetas desde Oseas.

La primera estrofa (vv. 1-9), dirigida a la ciudad, va señalando la novedad de la situación que se espera al hilo de los apelativos que se le dan: ya nadie se sentirá desamparado ni solo, porque Dios ha mostrado con Jerusalén la ternura de un enamorado —la llama «Mi delicia»— y el amor eficaz de un esposo —«Desposada»— (v. 4). Los beneficios de esta alianza esponsal están reflejados, como en Oseas (cfr Os 2,11-15), en las metáforas de cosechas abundantes (vv. 8-9).

La segunda estrofa (vv. 10-12) dirigida a los habitantes es una exhortación a preparar la entrada gloriosa del salvador de los últimos tiempos (vv. 10-11; cfr 40,3). El final (v. 12) es de nuevo un juego poético con los sobrenombres de los ciudadanos y de la ciudad.

La tradición cristiana ha incorporado desde el siglo VI los vv. 11-12 de este poema a la liturgia del día de Navidad, interpretando que con el nacimiento de Jesús se ha cumplido la unión gozosa entre la divinidad y la humanidad en un acontecimiento que supera cualquier imagen esponsal. He aquí un bello comentario de un monje de la antigüedad tardía: «Por eso, como el esposo que sale de su alcoba, descendió el Señor hasta la tierra para unirse, mediante la encarnación, con la Iglesia, que había de congregarse de entre los gentiles, a la cual dio sus arras y su dote: las arras, cuando Dios se unió con el hombre; la dote, cuando se inmoló por su salvación» (Fausto de Riez, Sermo 5 in Epiphania).

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