COMENTARIO
El oráculo anterior cantaba la gloria de la Jerusalén restaurada teniendo presente la inminente llegada de su salvador (cfr 62,11). Ahora viene por fin el Señor vencedor como Juez que castiga y premia. En torno a su venida se reúnen varios oráculos que componen un extenso y bello poema apocalíptico, en el que pueden distinguirse tres estrofas: la primera (63,1-6) describe la victoria divina sobre los edomitas, prototipo de los pueblos enemigos de Israel; la siguiente (63,7-14) ensalza la misericordia y los dones de Dios sobre su pueblo; la última (63,15-64,11) recoge una plegaria llena de confianza y esperanza.
Hay por dos veces (63,16 y 64,7) una interpelación apremiante a Dios, invocado como Padre de Israel. Es uno de los pasajes más elocuentes del Antiguo Testamento sobre la entrañable paternidad de Dios con su pueblo. El autor del poema espera confiadamente que el corazón paternal del Señor no quede insensible ante tantos sufrimientos de sus hijos, aunque hayan merecido castigo por su infidelidad (64,3-6). Las súplicas por el auxilio divino se vuelven dramáticas (63,17-19a), hasta terminar con la petición de un milagro portentoso (63,19b).
La exposición de las calamidades que ha sufrido el pueblo continúa en 64,1-11 en el mismo tono que en 63,15-19: el profeta desarrolla los motivos para que Dios auxilie al pueblo de su heredad.