COMENTARIO

 Is 65,17-18 

La instauración escatológica de una situación nueva tiene aquí una formulación escueta y clara: «Cielos nuevos y tierra nueva». Como en los orígenes, Dios en persona y en solitario, los creará; pero en este caso de forma gloriosa, puesto que la alegría y el gozo serán constantes y eternos. Esta fórmula caló hondo en la religiosidad judía reflejada en textos apócrifos (2 Esdras 6,16) y especialmente en la tradición cristiana: el Apocalipsis inicia con estas palabras la visión acerca de la instauración plena y definitiva del Reino de Dios (Ap 21,1-22,5). Y la Segunda Carta de Pedro impulsa a los fieles a transformar este mundo preparando la venida de «unos nuevos cielos y una tierra nueva, en los que habita la justicia» (2 P 3,13). «Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado: “La Iglesia […] sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo […]cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo” (Lumen gentium 48). La Sagrada Escritura llama “cielos nuevos y tierra nueva” a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo (2 P 3,13; cfr Ap 21,1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de “hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra” (Ef 1,10). En este “universo nuevo” (Ap 21,5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. “Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21,4; cfr 21,27). (…) “Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado, ‘a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los justos’, participando en su glorificación en Jesucristo resucitado” (San Ireneo, haer. 5,32,1)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1042-1044 y 1047).

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