COMENTARIO

 Is 66,18-24 

El libro se cierra con un colofón, parte en prosa (vv. 18-21) y parte en verso (vv. 22-24). Primero se anuncia la proclamación de la gloria del Señor a las naciones, a la que éstas responderán peregrinando al Templo del Señor.

Los vv. 18-21 forman un pasaje a modo de inclusión literaria confrontado con 2,2-4: ambos textos vendrían a rubricar, de algún modo, el principio y el final del libro. En otras palabras: el exilio de Babilonia viene a ser el castigo divino al pueblo por los pecados de éste, por haber roto la Alianza. En el trasfondo quizá está gravitando la expulsión de los primeros padres del Edén (Gn 1,23): también Israel es expulsado de su tierra y de Sión, «la casa de Jacob» (2,6). Pero Dios, por su misericordia hacia su pueblo, le perdonará y lo hará entrar de nuevo en su «monte santo», en Jerusalén (v. 20), a cuyo retorno estarán asociadas «todas las naciones y lenguas» (v. 18). Este retorno indica la remisión completa de la culpa. De alguna manera, el libro de Isaías, de principio a fin, plantearía en resumen y de manera anticipada e imperfecta la misma historia de la salvación que recorre toda la Biblia: desde la expulsión del paraíso (Gn 3,23) hasta la visión de la «Jerusalén celestial» en los «nuevos cielos y la tierra nueva (v. 22 y Ap 21,1-27), en cuya plaza estará el «árbol de la vida» (Ap 22,14).

Teodoreto de Ciro entiende estas palabras como un anuncio del alcance soteriológico universal de la Encarnación y comenta que el profeta «ha mostrado que no sólo a causa de la salvación de los judíos asumió la forma de siervo, sino ofreciendo la salvación a todas las naciones» (Commentaria in Isaiam 66,18). La Carta Segunda a los Corintios atribuida a San Clemente Romano verá también en el v. 18 el anuncio de la Parusía del Señor: «Vendré a reunir a todas las naciones y lenguas. Esta expresión preanuncia el día de su aparición [de Jesús], cuando vuelva a rescatar a todos nosotros, a cada uno conforme a sus obras» (Epistula II ad Corinthios 17,4).

Los pueblos citados en v. 19 no siempre son fáciles de identificar, especialmente Ros, aunque es muy probable que Tarsis designe a España; Put, a Libia; Lud, a Lidia; Mésec, a Frigia; Tubal, a Cilicia; y Yaván, a Jonia, Grecia.

«Tomaré también de entre ellos sacerdotes» (v. 21). La interpretación de que Dios elegirá sacerdotes y levitas entre los paganos es posible, aunque no segura. Parece más probable que, a tenor del v. 22, sea el «linaje de Israel» el que detentará el sacerdocio santo; en cualquier caso, sería coherente con los horizontes de novedad y universalismo de los caps. 65 y 66 (cfr 61,6).

El oráculo final del libro de Isaías invita a una esperanza realista (vv. 22-24). El v. 23, dirigido en su primer marco histórico al pueblo elegido del Antiguo Testamento, se abre a la perspectiva de toda la humanidad; así lo entendieron los Padres. «Habrá un cielo nuevo y una nueva tierra en que el hombre permanecerá para siempre conversando con Dios. Todo esto durará eternamente, por ello dice Isaías: Como el cielo nuevo y la nueva tierra que Yo voy a hacer durarán para siempre en mi presencia —dice el Señor—, así durará vuestra descendencia y vuestro nombre (Is 66,22)» (S. Ireneo de Lyon, Adversus haereses 5,36,1).

No se ocultan avisos de castigo para los que obraron la iniquidad (v. 24). La crudeza de estas frases contrasta con el tono esperanzador del conjunto. Quizá el profeta presenta una imagen más tenebrosa del castigo para que los habitantes de Sión que representan a los definitivamente salvados reconozcan la soberanía del Señor sobre los rebeldes y agradezcan los beneficios recibidos en Sión, figura del cielo. La metáfora del gusano que no muere es aplicada por Jesús al castigo del escándalo, descrito como un gravísimo pecado (cfr Mc 9,48).

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