COMENTARIO

 Jr 1,4-10 

El relato de la vocación de Jeremías muestra en profundidad el misterio de toda llamada divina, acto eterno y gratuito de Dios por el que se desvela a un alma el porqué y el para qué de su vida. El comienzo de toda persona humana nunca es simple resultado del azar, pues nada escapa a la divina providencia (v. 5). La acción de Dios en la gestación se expresa de manera gráfica —«plasmar» en el seno materno— mediante una palabra que designa la acción del alfarero que modela en el barro la forma de cada vasija. El «conocimiento» por parte de Dios alude a la elección para una misión determinada (cfr Am 3,2; Rm 8,29), pues Él tiene un proyecto para cada persona, y otorga a cada individuo unas características singulares, adecuadas para la tarea a que lo destina. A ello también se refiere la «consagración», es decir, la reserva de una persona o de una cosa para el servicio de Dios. Ese proyecto divino, bien determinado desde antes del nacimiento, se manifiesta al cabo del tiempo, cuando la persona ha alcanzado la edad adecuada para hacerse cargo de los designios que el Señor le ha preparado. San Juan Crisóstomo, glosando estas palabras, pone en boca de Dios: «Yo soy el que te he plasmado en el seno materno. No es obra de la naturaleza, ni de los sufrimientos. Yo soy la causa de todo, de modo que puedas obedecer con rectitud y ofrecerte a Mí». Y añade: «No dice primero te consagré, sino te conocí, y después te consagré. Con ello muestra la elección previa. Después de la elección previa, la especificación» (Fragmenta in Ieremiam 1).

Cuando el misterio de la vocación personal comienza a desvelarse, la primera reacción puede ser de miedo, puesto que se constatan las personales limitaciones para llevar a cabo la tarea a la que el Señor llama. Así sucede con Jeremías, que se excusa por su excesiva juventud (v. 6). No sabemos cuántos años tendría en ese momento, pues el término que emplea para designar su edad, na’ar, no es del todo preciso. Probablemente tan solo fuera un adolescente (cfr Gn 37,2; 1 S 2,18; 3,1-21). En cualquier caso, en la respuesta a la vocación hay que atender sobre todo a Dios mismo que llama, nunca abandona a sus elegidos y proporciona todo el apoyo necesario para realizar la misión que les encomienda (vv. 7-8).

El gesto simbólico del Señor, que extiende su mano para tocar la boca de Jeremías, como si la llenara con sus palabras, es análogo a otros gestos presentes en los relatos de vocación de algunos profetas (cfr Is 6,7; Ez 2,8-3,3; Dn 10,16). Constituye una invitación a la serenidad, con la confianza de que en el momento oportuno Dios pondrá en los labios la expresión adecuada. Es una promesa semejante a la que Jesús hace a sus discípulos, asegurándoles la asistencia del Espíritu Santo cuando tuvieran que dar testimonio de Él (cfr Mt 10,19-20).

La obra que le ha sido encomendada trae consigo una alta responsabilidad, y exige fortaleza para llevarla a cabo (v. 10). Se incluyen en primer lugar las tareas que aluden a la destrucción —arrancar, abatir, destruir, arruinar— y sólo después las relativas a la construcción —edificar, plantar—. San Gregorio Magno aplicará esta misma idea a la atención que requiere el cuidado pastoral de los fieles: «No se puede edificar con provecho rectamente sin destruir antes lo perverso. En efecto, en vano se sembrarían las palabras de una predicación muy santa si antes no se hubiesen arrancado los espinos del amor vano de los corazones de los oyentes» (Regula pastoralis 3,34).

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