COMENTARIO

 Jr 2,1-25,38 

En la primera parte del libro de Jeremías predominan los oráculos en verso, aunque ocasionalmente se intercalan algunos pasajes narrativos. Es posible que el primitivo rollo en el que se contenían los oráculos más antiguos, y que fue quemado el año 605 por orden del rey Yoyaquim (cfr 36,21-23), estuviese formado en su mayor parte por los poemas incluidos en esta primera parte del libro actual. Habrían sido agrupados atendiendo sobre todo a un orden lógico de argumentación, pero guardando también un cierto orden cronológico.

En los diez primeros capítulos, los oráculos giran en torno a los dos grandes temas apuntados en las dos visiones de la introducción. En primer lugar, relacionada con la visión de la rama de almendro (1,11-12), se ofrece una síntesis de los pecados que ha visto el profeta al ejercitar la tarea de vigilancia que el Señor le había encomendado: Israel y Judá han abandonado al Señor, por lo que el castigo es inevitable. Dios ha permanecido fiel, pero el pueblo ha rechazado a su Señor; el justo correctivo es inminente e inevitable si no hay un cambio profundo de actitud (2,1-4,4). En segundo lugar, en relación con la visión de la olla hirviendo que se vuelca desde el norte (1,13-19), se agrupan unos oráculos que amenazan con la destrucción que consumarán las potencias septentrionales (4,5-10,25).

A partir del cap. 11 van apareciendo con alguna frecuencia pasajes narrativos en prosa, y las acciones de Jeremías comienzan a tener mayor protagonismo. El profeta experimenta en su vida el sufrimiento, y su clamor desde la aflicción refleja la desgracia que se abate inexorable sobre el pueblo por su infidelidad a la Alianza (11,1-20,18). Como conclusión, se incluye un duro juicio sobre el comportamiento de los que deberían haber conducido al pueblo por el buen camino, los reyes y los profetas, y no lo han hecho (21,1-25,38).

Toda la primera parte del libro es una severa amenaza contra los habitantes de Jerusalén y de todo el reino de Judá. Sin embargo, se vislumbra la misericordia divina, que finalmente perdonará y salvará.

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