COMENTARIO
Los oráculos contenidos en esta sección fueron pronunciados al comienzo de la actividad profética de Jeremías, durante el reinado de Josías, y posiblemente antes del comienzo de la reforma religiosa que éste llevó a cabo, ya que no se alude a ella en ningún momento. Habría que situarlos entre el 627 y 622 a.C. En ellos se aprecia aún con claridad la diferencia entre Israel, el reino del Norte, cuya capital era Samaría y que había sucumbido ante el poder de los asirios el año 722, y Judá, el reino del Sur, cuya capital era Jerusalén. Por aquellos años comenzaba la decadencia de Asiria, que había mantenido hasta entonces su dominio sobre Israel, y Josías, rey de Judá, buscaba restablecer la unidad social, política y religiosa de todo el pueblo. Este esfuerzo culminaría con la gran reforma religiosa emprendida a partir del año 622 y encaminada a centralizar en Jerusalén todo el culto dirigido al Señor.
Los oráculos aquí recogidos se enmarcan en este contexto histórico. Los más primitivos, aquellos que se conservan en verso, fueron pronunciados directamente por Jeremías y rezuman el vigor y el sufrimiento de quien es testigo inmediato. Posteriormente, al reescribirse el libro después de haber sido quemado (cfr 36,21-23), es posible que les fueran añadidos los pasajes que actualmente aparecen en prosa. Éstos son una llamada de atención sobre el pecado, el castigo consecuente y la necesidad de convertirse para alcanzar la salvación. En el texto actual queda claro que la desgracia que se había abatido sobre el pueblo de Israel fue consecuencia de su infidelidad a Dios (2,1-37). Con todo, el Señor llama a unos y otros a la conversión, y aguarda una respuesta positiva para llevar a cabo la restauración del pueblo en la unidad y la paz, disfrutando de la protección divina (3,1-4,4).