COMENTARIO
Los oráculos del presente capítulo siguen el orden habitual en los pleitos que se planteaban en el antiguo Oriente Medio ante la ruptura de pactos o alianzas. Primero, se llama la atención del acusado y de los testigos acerca del tema en disputa. Después, se recuerdan los favores recibidos por el acusado, que le deberían haber llevado a mantener con fidelidad lo pactado en la alianza. A continuación, se presenta la lista de cargos, con frecuencia formulados en forma interrogativa, y, por último, se realiza el requerimiento urgente a rectificar. En el caso de que no se consiguiera un acuerdo, la declaración de guerra era inevitable.
La palabra de Dios no se expresa aquí como juez de lo sucedido, sino como una de las partes que pactaron la Alianza y que ha sido defraudada por la infidelidad de la otra. Las palabras del profeta comienzan por recordar los beneficios que el pueblo recibió de Dios mientras le permanecía fiel. En su juventud, en la peregrinación por el desierto vivía en una vinculación amorosa con el Señor, y Él cuidaba de ellos (vv. 1-3). Se alude así a las relaciones entre Dios e Israel después de que el Señor sacara a su pueblo de Egipto y lo condujera a través del desierto hasta la tierra que le había dado en heredad (cfr Os 1-3). Sin embargo, en vez de permanecer unidos al Señor, los israelitas se apartaron de Él y cayeron más bajo que las demás naciones —representadas por los pueblos del Egeo, «Quitim», y las regiones árabes, «Quedar»— (v. 10). Abandonaron su religión, centrada en el Dios personal que cuida con su providencia de los suyos, para dar culto a Baal y a dioses que nada valen (vv. 6-7). Por eso, la ayuda que buscaron en las alianzas con los poderes terrenos de nada les sirvió.
Incluso el lenguaje que emplea Jeremías refleja cómo Israel se ha ido alejando de Dios. En los primeros versos el Señor habla a su pueblo de «tú» (vv. 2-3), después pasa al «vosotros» (vv. 4-10), para continuar hablando de ellos en tercera persona (vv. 11-15). Sólo en la segunda parte de estos oráculos regresa al diálogo personal de tú a tú con el pueblo, reprendiéndolo, para que recapaciten (vv. 16-37).
La metáfora de los aljibes agrietados (v. 13) es bien expresiva de la inutilidad de los pactos con las naciones. En efecto, en tiempos de Jeremías era objeto de debate la conveniencia o no de establecer pactos con asirios o con egipcios como medio de garantizar la propia subsistencia ante el empuje de las potencias enemigas. El profeta, además de considerar que tales alianzas no habrían sido realmente útiles, hace notar el peligro de idolatría que se podría derivar de la familiaridad con esos pueblos. De ahí las alusiones irónicas de los vv. 16-18. Menfis y Tafnes son dos ciudades egipcias en la zona del Bajo Nilo, y el Sijor es uno de los brazos en que se abre el Nilo al llegar al delta. El «Río», sin artículo en hebreo, designa al Éufrates. Este interés por las aguas y las tierras de Egipto y Asiria son un reflejo del atractivo que esas grandes potencias seguían ejerciendo sobre Israel. Dios había cuidado de su pueblo, les había dado una tierra excelente, pero Israel le había abandonado y se había vuelto hacia los ídolos. La infidelidad le llevó a Israel a caer en la esclavitud de la idolatría (vv. 4-27). Puesto que, a pesar de todo, no reconoce su extravío, el Señor acusa a Israel de sus delitos y advierte que si no cambia de actitud todos sus habitantes quedarán avergonzados (vv. 28-37).