COMENTARIO
La imagen de los aljibes agrietados, que no pueden retener el agua, ha provocado un fuerte impacto en la literatura cristiana como ejemplo gráfico de la situación en que queda el hombre cuando, en vez de confiar en el Señor, se apoya en sí mismo o en los bienes terrenos. San Ireneo de Lyon, por ejemplo, invita a buscar apoyos verdaderamente sólidos: «Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda la gracia. Pues el Espíritu es la verdad. Por eso, los que no tienen parte con Él no se nutren de los pechos de la madre para mantenerse en vida, no se acercan a la fuente limpísima que surge del cuerpo de Cristo, mas se cavan aljibes y beben agua turbia de fango. Se apartan de la fe de la Iglesia y no se conservan, rechazan el Espíritu y no son instruidos. Alejados de la verdad son arrastrados por todo error, no tienen solidez, a cada momento cambian de opinión sobre la misma realidad, no llegan a ninguna posición firme porque quieren ser antes maestros en la palabra que discípulos de la verdad. No están asentados sobre la única piedra, sino sobre arena» (Adversus haereses 3,24,1-2).
Por su parte, San Juan de la Cruz aplica la imagen a quienes despreocupándose de Dios se afanan por las riquezas de tal modo que nunca quedan saciados, «sino que antes su apetito crece tanto más y su sed cuanto ellos están más apartados de la fuente que solamente los podía hartar, que es Dios; porque de éstos dice el mismo Dios por Jeremías, diciendo: Dejáronme a mí, que soy fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas rotas, que no pueden tener aguas. Y esto es porque en las criaturas no halla el avaro con qué apagar su sed, sino con qué aumentarla. Éstos son los que caen en mil maneras de pecados por amor de los bienes temporales, y son innumerables sus daños» (Subida al monte Carmelo 3,19,7).