COMENTARIO
Tras la caída de la ciudad ante los ejércitos de Nabucodonosor y las sucesivas deportaciones a Babilonia (año 587 a.C.) se consumó la desgracia de Judá, a la que había llegado por sus repetidas infidelidades al Señor. Como en el oráculo anterior se repite la disposición de Dios a acoger a Israel y Judá en cuanto estén dispuestos a buscar su perdón (3,12-13).
El oráculo es una llamada llena de esperanza, pues el futuro no tendrá nada que envidiar al pasado. Se producirá una situación nueva. Hasta ese momento se había considerado el Arca de la Alianza como testimonio privilegiado de la presencia de Dios. Según los relatos bíblicos el Arca había sido fabricada en el desierto por encargo de Moisés respondiendo a la orden del Señor, para que fuese el centro del Santuario (cfr Ex 25,10-22). El Arca acompañó al pueblo hasta la tierra de Canaán y, después de haber estado en distintos lugares, fue depositada solemnemente por Salomón en el Templo de Jerusalén. Contenía la Alianza que el Señor había establecido con Israel cuando lo sacó del país de Egipto (cfr 1 R 8,21). Con la toma de Jerusalén por Nabucodonosor, y el saqueo del Templo, desaparecen las noticias sobre el Arca de la Alianza. Es el final de la antigua situación, parece decir el oráculo de Jeremías. En el futuro será la entera ciudad de Jerusalén el testimonio de la presencia de Dios (vv. 16-17). El culto a Dios no será algo simplemente ritual, circunscrito a un lugar concreto, sino que se hará realidad en la ciudad (v. 17).
Como sucede en otros oráculos de Jeremías, aunque aluden en primer lugar a la restauración de Judá después del destierro, sus palabras tienen un horizonte más amplio hacia el momento que habría de venir con la restauración mesiánica. La Alianza de la que el Arca era testimonio ha sido rota por las infidelidades de Israel (cfr 11,6-8), y será sustituida por una Nueva Alianza cuyo testimonio estará en el propio corazón de los hombres (cfr 31,31-37), y en la que habrá un nuevo sacerdocio («pastores») (v. 15).