COMENTARIO
En estos oráculos se reiteran los requerimientos a la conversión y podrían ser prolongación de las acusaciones contenidas en 3,1-5. Se aguarda con esperanza que, en el momento en que el Señor llame (3,22a), Israel responda reconociendo el pecado de sus padres y de ellos mismos (3,22b-25) y vuelva a Dios (4,1-2). A su vez, mediante la imagen de la circuncisión del corazón, se espera el regreso interior y profundo, como fruto de la conversión sincera (4,3-4). La circuncisión era señal de la Alianza entre Dios y el pueblo. El profeta enseña que de nada vale si no va acompañada por la actitud de fidelidad en el corazón (cfr Dt 10,16; 30,6). La conversión sólo será sincera si produce un verdadero cambio interior. No se trata de un acto superficial que tenga efectos salvíficos automáticos, sino de una verdadera renovación que rompe con lo que estorba y transforma el corazón. La imagen de la circuncisión del corazón será empleada también por San Pablo para referirse al cumplimiento obediente de la ley de Dios «según el espíritu, no según la letra» (Rm 2,25-29; cfr Hch 7,51).
Leídos después de la deportación a Babilonia, estos oráculos enseñaban que el regreso de los deportados a la tierra que el Señor había prometido dar en heredad a sus padres exigía como condición previa un regreso personal a Dios. A la luz del Nuevo Testamento, el retorno a la tierra prometida es visto como anticipo de la peregrinación hacia la patria definitiva que Dios ha preparado en el Cielo para que la gocen quienes le aman. Así como para el regreso de los deportados de Israel y Judá se pidió una conversión profunda y un retorno a la Alianza, así, después de haber incurrido en la esclavitud del pecado, es necesario retornar a Dios mediante la conversión del corazón, que Cristo ha hecho posible. «El símbolo del cielo nos remite al misterio de la Alianza que vivimos cuando oramos al Padre. Él está en el cielo, es su morada, la Casa del Padre es por tanto nuestra “patria”. De la patria de la Alianza el pecado nos ha desterrado (cfr Gn 3) y hacia el Padre, hacia el cielo, la conversión del corazón nos hace volver (cfr Jr 3,19-4,1a; Lc 15,18.21). En Cristo se han reconciliado el cielo y la tierra (cfr Is 45,8; Sal 85,12), porque el Hijo “ha bajado del cielo”, solo, y nos hace subir allí con Él, por medio de su Cruz, su Resurrección y su Ascensión» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2795).