COMENTARIO

 Jr 4,5-31 

Como complemento de las exhortaciones al arrepentimiento y a la conversión de la sección anterior (2,1-4,4), se dibuja ahora un panorama muy sombrío, que corresponde a la situación histórica en que vivió Jeremías desde su juventud. La vida de las gentes de Judá se veía amenazada de continuo por el peligro de invasiones extranjeras, que culminaron con la que llevó a cabo el gran invasor babilónico.

Estos oráculos proceden de los primeros años de la predicación de Jeremías y en esos momentos se podrían referir tanto a la amenaza de los escitas, tribus nómadas que se instalaron al oeste del Mar Caspio y presionaban desde el norte, como al poderío de Asiria, a cuyo vasallaje estaba sometido de algún modo Judá desde hacía varias décadas. Pero los oráculos de nuevo recobrarían su actualidad hacia el año 605 a.C. cuando, coincidiendo con el declive del poder asirio, comenzaba a imponerse el poderío militar babilónico. Ya fuesen unos u otros los enemigos a los que se refieran, lo más importante es el hecho de que el Señor envíe al profeta a anunciar con tintes dramáticos lo que se le avecina a Judá si no se convierte (v. 14). Jeremías proclama a los suyos que en el fondo no es el poderío de los pueblos extranjeros lo que han de temer, sino al Señor que es el que hace venir la desgracia (v. 6b). Enseña que el verdadero culpable es el pueblo, y que la calamidad que se cierne sobre él es el pago de su acciones y de su rebelión contra el Señor (vv. 17-18). La admonición profética se cierra con una imagen simbólica. Israel, la esposa que ha sido infiel al Señor, se engalana con sus mejores joyas y vestidos pensando que sus encantos le permitirán salvar su vida. Sin embargo, su intento será vano (vv. 30-31). Con todo, entre tanta desolación como anuncia Jeremías hay un resquicio de esperanza: la aniquilación no será total (v. 27).

Las palabras del profeta acerca de la destrucción que se abate sobre Judá han sido leídas en la tradición cristiana como alusiones al poder destructor del pecado, cuyas consecuencias pesan gravemente sobre la paz y estabilidad, al romper el orden sapientísimo que Dios ha dejado impreso en la creación. Cuando el hombre no reconoce a su Dios (v. 22), la tierra vuelve al caos y vacío iniciales (cfr Gn 1,2), se oscurece la luz, tiemblan los montes y desaparecen aves y hombres (vv. 23-26). Quien pone su sola aspiración en las cosas creadas queda confundido y nunca podrá tener intimidad con Dios. «El que ama criatura —comenta San Juan de la Cruz—, tan bajo se queda como aquella criatura, y, en alguna manera, más bajo; porque el amor no sólo iguala, más aún sujeta al amante a lo que ama. Y de aquí es que, por el mismo caso que el alma ama algo, se hace incapaz de la pura unión de Dios y su transformación; porque mucho menos es capaz la bajeza de la criatura de la alteza del Criador que las tinieblas lo son de la luz: Porque todas las cosas de la tierra y del cielo, comparadas con Dios, nada son, como dice Jeremías por estas palabras: Aspexi terram, et ecce vacua erat et nihil; et caelos, et non erat lux in eis: Miré a la tierra, dice, y estaba vacía, y ella nada era; y a los cielos, y vi que no tenían luz (v. 23). En decir que vio la tierra vacía, da a entender que todas las criaturas de ella eran nada, y que la tierra era nada también. Y en decir que miró a los cielos y no vio luz en ellos, es decir que todas las lumbreras del cielo, comparadas con Dios, son puras tinieblas. (…) Y así como no comprehende a la luz el que tiene tinieblas, así no podrá comprehender a Dios el alma que en criaturas pone su afición; de la cual hasta que se purgue, ni acá podrá poseer por transformación pura de amor, ni allá por clara visión» (Subida al monte Carmelo 1,4,3).

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