COMENTARIO
Una vez que Jeremías ha hecho presente en los oráculos anteriores el peligro que se cierne sobre Judá, explica que la situación en que ésta se encuentra es consecuencia de su rebeldía y de su obstinación en continuar pecando contra el Señor.
En la primera escena de estos oráculos se dibuja un tétrico cuadro de la extensión del pecado (vv. 1-3). La degeneración del sentido moral se declara con expresiones que recuerdan el episodio de Gn 18,23-32, en el que Abrahán regatea con el Señor para que no castigue a Sodoma, en atención al número de justos, aunque éstos fueran pocos. Sin embargo, Dios la castigó por causa de la depravación generalizada que allí se daba (cfr Gn 19,24-25). La situación en la que se encuentra Jerusalén es semejante. Dirigentes y pueblo (vv. 4-5) se han dejado llevar por toda clase de pecados, especialmente por los de lujuria (vv. 7-8), orgullo (vv. 12-13) e injusticia (vv. 26-29), de modo que ni siquiera queda un hombre justo (v. 1). En vez de convertirse y volver al Señor, lo que Jeremías observa es la autosuficiencia de los habitantes de Jerusalén y su indiferencia hacia Dios (v. 12). De ahí que se hayan hecho merecedores de la invasión de las potencias extranjeras que se cierne sobre ellos (vv. 14-19). El castigo no es algo querido por Dios ni una venganza. Es más, el deseo de evitarlo si el pueblo da señales de arrepentimiento es manifiesto (vv. 1.7). Precisamente por eso la destrucción no será total (vv. 10.18), para dejar abierta la posibilidad de que la conversión permita la restauración del pueblo.
A pesar de esta disposición de Dios, el profeta pone de manifiesto que hay pocas esperanzas de solución, pues el pueblo se obstina en su rebeldía, sin plantearse siquiera la perversidad de su comportamiento (vv. 20-31). Ahí está uno de sus grandes errores, en no darse cuenta del sentido que tiene lo que les está sucediendo, ni reparar en cuáles sean sus verdaderas causas. El profeta se esfuerza por mover a sus oyentes a la reflexión para que, a partir de lo que observan en las leyes de la naturaleza, puedan reconocer los designios del Señor creador y providente (vv. 22-24). Pero parecen empeñados en no hacerlo. Si en Dios está la rectitud y la verdad, en el pueblo infiel está la astucia y la falsedad. Son como cazadores que esconden sus trampas para engañar a sus víctimas y aprovecharse de ellas (vv. 25-28).
Las palabras del v. 21 fueron tomadas por nuestro Señor Jesucristo para reprochar a los Apóstoles su visión humana ante las obras que Él hacía y ellos podían ver. No entendían su misión salvífica y su poder (cfr Mc 8,18).
La obcecación en no reconocer el propio pecado y rectificar, es un obstáculo que, mientras se mantenga, imposibilita alcanzar el perdón. «La misericordia en sí misma, en cuanto perfección de Dios infinito, es también infinita —enseña San Juan Pablo II—. Infinita, pues, e inagotable es la prontitud del Padre en acoger a los hijos pródigos que vuelven a casa. Son infinitas la prontitud y la fuerza del perdón que brotan continuamente del valor admirable del sacrificio de su Hijo. No hay pecado humano que prevalezca por encima de esta fuerza y ni siquiera que la limite. Por parte del hombre puede limitarla únicamente la falta de buena voluntad, la falta de prontitud en la conversión y en la penitencia, es decir, su perdurar en la obstinación, oponiéndose a la gracia y a la verdad especialmente frente al testimonio de la cruz y de la resurrección de Cristo» (Dives in misericordia, n. 13).