COMENTARIO
A la vista de la rebeldía que se acaba de denunciar (cfr 5,1-31), Jeremías hace una nueva y apremiante llamada para que Jerusalén se ponga a salvo, pues su destrucción parece inevitable. El profeta comienza por emplazar a sus conciudadanos, a los de Benjamín —que quizá ante la amenaza de los invasores del norte habían huido a Jerusalén—, a que se dispongan a huir hacia el sur (Tecoa) (vv. 1-3) y anuncia a los habitantes de Jerusalén que los enemigos están ansiosos de asaltarla (vv. 4-6a) y que, si no se arrepienten, su destrucción será inmediata (vv. 6b-8). A continuación muestra cómo la situación es desesperada. Señala que, incluso después de buscar con ahínco, no encuentra a nadie justo que pueda cambiar el juicio de Dios sobre Judá (cfr 5,1). Como todos, niños y ancianos, profetas y sacerdotes, se han llenado de maldad y no quieren ver el peligro (vv. 9-15), por eso, porque no se han arrepentido a pesar de los intentos que el Señor ha realizado en la historia por medio de sus profetas —«centinelas» (v. 17)—, el castigo será inevitable (vv. 16-21). De ahí que al final del oráculo (vv. 22-30), ante la desgracia que se avecina (vv. 22-23), Jeremías muestre su tristeza por la perversión de Jerusalén y su falta de arrepentimiento (vv. 24-28). Los intentos de purificación han fracasado (vv. 29-30).
Llama la atención la actitud de los dirigentes del pueblo condenada por el profeta (v. 14). En vez de alertar al pueblo de su descamino para que vuelva al Señor, no buscan más que satisfacer sus propios intereses (v. 13) como si no pasase nada (v. 14). San Jerónimo toma pie de este pasaje para mostrar lo absurdo de proporcionar a la gente una serenidad que es engañosa cuando no se apoya en la verdad: «No es noble reclamar la paz con palabras y destrozarla con los hechos. Se dice que se pretende una cosa, y se logra el efecto contrario. Se dice con la palabra: “Estamos de acuerdo”, pero de hecho, después se exige la sumisión del otro. También yo quiero la paz, y no sólo la quiero sino que la imploro. Pero busco la paz de Cristo, la paz auténtica, una paz sin residuos de hostilidad, una paz que no lleva larvada la guerra. No la paz que sojuzga a los adversarios, sino la que nos une en la amistad. ¿Por qué damos el nombre de paz a la tiranía? ¿Por qué no llamamos a las cosas por su nombre? ¿Hay odio? ¡Entonces digamos que hay enemistad! Sólo donde hay caridad digamos que hay paz» (Epistolae 3,82,1-2).