COMENTARIO

 Jr 7,1-20 

En el cap. 26 se explican con más detalle las circunstancias en las que acaeció el episodio que se trata en estos versículos, y las consecuencias que tuvo. Por lo que se indica en ese lugar, el discurso de Jeremías en el Templo de Jerusalén fue pronunciado «al principio del reinado de Yoyaquim, hijo de Josías» (26,1), esto es, el año 608 a.C. Poco antes había muerto el rey Josías en una batalla (2 R 23,29-30; 2 Cro 35,19-24), después de haber realizado obras de consolidación y mantenimiento en el Templo, y de haber llevado a cabo una reforma religiosa basada en la centralización del culto en Jerusalén. Le sucedió Joacaz, que sólo reinó durante tres meses (cfr 2 R 23,31; 2 Cro 36,2), y a continuación su hermano Yoyaquim. En este nuevo reinado volvieron a ser toleradas las prácticas idolátricas que Josías había tratado de erradicar.

La población de Judá estaba convencida de que la presencia del Templo en su territorio era una garantía del favor divino y de su protección, y tras la experiencia del año 701, cuando las tropas asirias de Senaquerib detuvieron su ofensiva ante las murallas de Jerusalén sin entrar en la ciudad santa, tal convicción se había visto reforzada. Además, el protagonismo que había pasado a tener el Templo tras la reforma de Josías explica la confianza ciega de la gente en que no tenían nada que temer junto al Santuario. Así pues, en el momento en que Jeremías pronuncia estos oráculos, aunque el Templo se encontraba en todo su esplendor, la práctica religiosa no se correspondía con un cumplimiento fiel de lo mandado por el Señor. De ahí que el profeta inste a la conversión, a dar a Dios el verdadero culto, que se manifieste en la fidelidad al Señor, en la caridad y en la justicia (vv. 5-7). De nada sirven los ritos que allí se desarrollan si no se escucha la voz del Señor y se siguen cometiendo sin reparo toda clase de pecados. No basta una confianza ingenua en el Templo (v. 4). La seguridad depende de la obediencia a la Ley de Dios (vv. 8-10). El Santuario no tiene un poder mágico por sí mismo y correrá la misma suerte que el de Siló (v. 14), célebre lugar de culto donde había estado el Arca de la Alianza antes de ser trasladada a Jerusalén (Jos 18,1; Jc 21,19) y que probablemente fue destruido por los filisteos. Si no cambian, los habitantes de Jerusalén serán expulsados como los de Efraím, sus hermanos del reino del Norte (v. 15).

A pesar de su predicación, Jeremías comprueba que no se arrepienten. No sólo no le escuchan, sino que compaginan su seguridad en el Templo con ritos paganos en honor de Istar, «la Reina de los Cielos», diosa asiria de la fecundidad (vv. 16-18). Por eso, el juicio de Dios será inevitable (vv. 19-20).

La expresión «cueva de ladrones» (v. 11), con la que describe Jeremías la situación del Templo frecuentado por quienes están muy lejos de la obediencia al Señor, sería utilizada por Jesucristo para expresar el dolor que le produjo el tumulto de los mercaderes en el Templo y la falta de respeto al lugar sagrado (Mt 21,12-13 y par.). Jeremías no condena el culto en el Templo de Jerusalén, como tampoco lo hizo Jesús, sino que denuncia el que se haya vaciado de sentido. En cualquier caso, el culto al Señor, después de la venida de Cristo, ya no se limita a los ritos o acciones externas en un determinado lugar, sino que se puede hacer con el corazón en cualquier lugar en el que uno se encuentre. Por eso escribe San Jerónimo: «Los que van repitiendo: Éste es el Templo del Señor, el Templo del Señor, el Templo del Señor, deberían oír al Apóstol: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (1 Co 3,16). ¿Estás en Jerusalén? ¿Estás en Bretaña? No importa. La Presencia celeste la tienes delante, abierta, porque el reino de Dios está dentro de nosotros» (Epistolae 2,58,2).

Volver a Jr 7,1-20