COMENTARIO

 Jr 7,21-8,3 

La predicación de Jeremías invitaba a reconocer los pecados y convertirse, pero no fue escuchada (7,21-28). Como consecuencia, el profeta entona un lamento (v. 29), porque la desolación será absoluta (7,34). Llegará un día en que los huesos de los que practicaban la idolatría serán desenterrados y expuestos a los elementos que ellos adoraban. En aquel día se preferirá la muerte a la vida (7,30-8,3).

El Tófet (7,31), que en hebreo significa «lugar donde se quema», era un «lugar alto», esto es, un terreno ligeramente elevado dedicado al culto idolátrico, donde se practicaban sacrificios de niños en honor de Baal-Moloc (cfr 2 R 23,10). Estaba situado en el valle de Ben-Hinom (también llamado gehenna, a través de la transcripción griega), un barranco al sur de Jerusalén, que más tarde, a partir de estos textos de Jeremías (cfr 19,1-15; 32,35), se convertirá en sinónimo de lugar de tormento (cfr Is 66,24; Mt 5,22.29-30; 18,9; Mc 9,43; etc.).

Lo que motiva el fracaso del profeta es la dureza de corazón del pueblo, esto es, la falta de sensibilidad para examinar la propia situación interior, con ánimo de cambiar lo que sea necesario, y poder escuchar así la voz de Dios. La Sagrada Escritura suele llamar esta obstinación «dureza de corazón» o «corazón obstinado» (7,24; cfr Sal 81,13; Mc 3,5). Se trata de una situación de resistencia interior, como una impermeabilidad de la conciencia, un estado de ánimo consolidado en razón de una libre elección. «En nuestro tiempo a esta actitud de mente y corazón corresponde quizás la pérdida del sentido del pecado, a la que dedica muchas páginas la Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia (n. 18). Anteriormente el Papa Pío XII había afirmado que “el pecado de nuestro siglo es la pérdida del sentido del pecado” (Radiomensaje 26.X.46) y esta pérdida está acompañada por la “pérdida del sentido de Dios”. En la citada Exhortación leemos: “En realidad, Dios es la raíz y el fin supremo del hombre y éste lleva en sí un germen divino. Por ello, es la realidad de Dios la que descubre e ilumina el misterio del hombre. Es vano, por lo tanto, esperar que tenga consistencia un sentido del pecado respecto al hombre y a los valores humanos, si falta el sentido de la ofensa cometida contra Dios, o sea, el verdadero sentido del pecado” (n. 18). La Iglesia, por consiguiente, no cesa de implorar a Dios la gracia de que no disminuya la rectitud en las conciencias humanas, que no se atenúe su sana sensibilidad ante el bien y el mal» (S. Juan Pablo II, Dominum et vivificantem, n. 47).

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