COMENTARIO

 Jr 8,4-9,15 

Comienza una larga serie de oráculos donde se terminan de exponer las razones por las que es inminente la llegada del castigo que viene desde el norte. El profeta acaba de señalar que no basta la presencia del Templo en Jerusalén para gozar del favor de Dios (cfr 7,1-8,3), y ahora expone que tampoco es suficiente contar con la Ley del Señor, ya que si no se cumple de nada vale (cfr 8,8).

De entrada, el autor sagrado denuncia la mentira en la que vive Judá. Sus habitantes no ven la realidad de las cosas porque viven de la falsedad y se engañan a sí mismos (8,4-7). Por eso son incapaces de arrepentirse, es decir, de «volver» a Dios, tema que centra esta breve sección: las aves son hábiles para discernir las estaciones y para saber cuándo llega el momento oportuno de marcharse y de regresar, de acuerdo con el orden marcado por Dios a las criaturas (8,7), pero los habitantes de Jerusalén no advierten los planes del Señor ni se comportan de acuerdo con ellos. No se refiere el profeta a los promotores de la reforma de Josías, sino a los que abusaban de la «letra» de la Ley del Señor y rechazaban la palabra de Dios proclamada por el profeta (8,8-9). Contra ellos se dirige también la condena implacable de 8,10-12 —que falta en la versión griega de los Setenta, quizá por ser repetición de 6,12-15—.

A continuación aparece de nuevo la imagen de la viña devastada y de la higuera. Los ciudadanos de Jerusalén no han dado los frutos que de ellos se esperaban (cfr Lc 13,7), por lo que es imposible que eviten su perdición. Los que vienen del norte están ya listos para atacar como serpientes (8,13-17).

Es tan dolorosa la situación que Jeremías no puede evitar un nuevo lamento, también quizá porque el Señor ha afligido a su pueblo con una carestía (cfr 14,1-6), y éste no ha aceptado esa «visitación» de Dios (cfr Am 3,14; Os 12,3; Is 13,11, etc.), como remedio que podía curarle (8,18-23). Así pues, el profeta siente el deseo de apartarse de su pueblo y huir al desierto (9,1). Querría encontrar el modo de hacerlos reaccionar, pero no sabe qué hacer con ellos, en quienes se acumulan toda clase de pecados de la lengua contra el prójimo y contra Él (9,2-8). Por eso, no queda más que lamentarse por la condena que se cierne (9,9-11) y de la que son culpables por haber abandonado a Dios (9,12-15).

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