COMENTARIO
La mentira y el engaño no sólo ofenden a Dios y quebrantan la Alianza, sino que dañan gravemente la convivencia con los demás. La vida en sociedad sólo puede ser verdaderamente pacífica y serena si existe la confianza mutua entre las personas generada por el señorío de la verdad. La virtud de la veracidad implica honradez y discreción, y da al prójimo algo que le es debido en justicia. Santo Tomás dice que hay un deber moral de ejercitar esta virtud «puesto que por honestidad un hombre debe a otro la manifestación de la verdad» (Summa theologiae 2,100,a.3). Y añade: «Por ser sociable, el hombre debe a los demás cuanto es necesario para la conservación de la sociedad. Ahora bien, es necesario para la convivencia el dar mutuo crédito a las palabras y creer que nos dicen la verdad. En este sentido, la virtud de la veracidad implica un deber» (ibidem, a.3,ad 1).