COMENTARIO

 Jr 10,1-11 

Se piensa que estos versículos, debido al tono diferente con que el profeta se dirige a sus oyentes —ya no hay referencias a la apostasía completa de los versículos anteriores—, responden a la situación de los deportados en Babilonia. El triunfo de Nabucodonosor sobre Judá había supuesto una gran conmoción en las convicciones religiosas de parte del pueblo. ¿Es que el Señor era menos poderoso que Marduc y los dioses de Babilonia y por eso no había podido protegerlos? No, esa derrota militar no era debida a la debilidad del Dios de Judá, sino a las reiteradas infidelidades del pueblo. De ahí que se ridiculice ahora la idolatría de las otras naciones. Sus dioses no son nada, sólo figurillas fabricadas por artesanos, trozos de material inanimado, carentes de vida. En cambio, el Señor es el Dios verdadero (vv. 6-7.10). Es una locura confiar en los ídolos. Éstos desaparecerán y sólo el Señor juzgará a las naciones. Santo Tomás de Aquino entiende que este capítulo «muestra la dignidad del pueblo, para que de esta manera se vea que su culpa es más grave y su pena más justa. (…) Su dignidad se muestra en comparación con los otros pueblos, en cuanto que adoraban la palabra de Dios, y se les vaticina la pena porque rechazaron el culto a Dios por la idolatría» (Postilla super Jeremiam 10,1).

La frase con la que termina este pasaje (v. 11) está en arameo. Es como una fórmula que podrán recitar en voz alta los deportados para manifestar su fe en el Dios verdadero, de modo que sea comprendida también por los extranjeros.

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