COMENTARIO
Este poema, repetido en 51,15-19, es una reflexión sapiencial acerca del dominio de Dios sobre todos los seres de la creación. El Señor, que ha hecho la tierra con su poder y la rige con sabiduría, dispondrá que se avergüencen quienes fabrican los ídolos y los que confían en ellos.
Las palabras de los vv. 14-15 muestran hasta qué punto es una necedad convertir algo material en un dios. Ampliando esta enseñanza del profeta, se puede pensar en aquellas circunstancias en que el hombre hace de su actividad un ídolo. Esa tentación ha estado presente de un modo u otro desde el principio de la humanidad, también en nuestro tiempo, y no pocas veces se ha sucumbido en ella. Por eso, en el Concilio Vaticano II se advierte: «En el decurso de la historia, el uso de los bienes temporales ha sido desfigurado con graves defectos, porque los hombres, afectados por el pecado original, cayeron frecuentemente en muchos errores acerca del verdadero Dios, de la naturaleza, del hombre y de los principios de la ley moral, de donde se siguió la corrupción de las costumbres e instituciones humanas y la no rara conculcación de la persona del hombre. Incluso en nuestros días, no pocos, confiando más de lo debido en los progresos de las ciencias naturales y de la técnica, caen como en una idolatría de los bienes materiales, haciéndose más bien siervos que señores de ellos. Es obligación de toda la Iglesia el trabajar para que los hombres se vuelvan capaces de restablecer rectamente el orden de los bienes temporales y de ordenarlos hacia Dios por Jesucristo» (Apostolicam actuositatem, n. 7).