COMENTARIO
Este oráculo podría datarse poco después del 622 a.C., año en que comenzó la reforma religiosa impulsada por Josías. Según el relato bíblico (cfr 2 R 22,8-20), Josías rasgó sus vestiduras e hizo un llamamiento a la penitencia y a la conversión cuando le fue leído el libro de la Ley que encontró en el Templo, pues reconoció que no se estaba cumpliendo lo mandado en ella. De modo análogo, Jeremías en ese momento enseña que, con el comportamiento que estaba teniendo el pueblo, se podía considerar que la Alianza con Dios estaba rota y que era necesario volver a Él. Dirige entonces una llamada a reconocer la infidelidad en lo pactado y a realizar una profunda conversión, abandonando el culto a Baal y a los dioses cananeos, para dar culto solamente al Señor. En estas palabras se sintetiza con claridad la exposición de motivos por los que el Señor se puede considerar ofendido: la ruptura de la Alianza.
En primer lugar, Jeremías recuerda que el Señor se había comprometido con Israel mediante la Alianza a darle una tierra excelente y que había cumplido con su parte, pues el pueblo vivía de tiempo atrás en la tierra que Él le había dado (vv. 1-5). Israel había ratificado los compromisos de esa Alianza con el Señor, tras la liberación de la esclavitud de Egipto (Ex 19,1-20,21), y, sin embargo, no había sido fiel a lo pactado, a pesar de las advertencias que Dios le había hecho por medio de los profetas. Por eso, algunas de las maldiciones estipuladas en la Alianza se habían cumplido (vv. 6-8). Pero ni siquiera así el pueblo se había dado por aludido. En el momento en que predicaba Jeremías la corrupción había llegado a tal grado que ya no era cuestión del incumplimiento de algunas de las estipulaciones de la Alianza, sino que se podía considerar que la Alianza misma había quedado rota por la infidelidad repetida y generalizada contra Dios. De ahí que el momento de la sanción definitiva fuera inminente (vv. 9-17).
Orígenes, comentando estos textos en una de sus homilías, señala que son palabras dirigidas a los hombres de todos los tiempos, y se pregunta: «¿No deberíamos arrepentirnos por estos pecados de los hombres de Judá, sabiendo que esos hombres de Judá somos nosotros? (…) Pues estas palabras están dirigidas a nosotros y a aquellos que entre nosotros pecaron» (Homiliae in Jeremiam 9,4).