COMENTARIO
Se presentan ahora dos oráculos, uno en verso (vv. 7-13) y otro en prosa (vv. 14-17), que tienen en común hablar de Israel como la «heredad» de Dios. La «heredad» es el lote de tierra que pertenece a cada familia, recibido en el reparto del territorio descrito en el libro de Josué (Jos 13,1-21,45), y cuya posesión va pasando de padres a hijos. El Señor mismo entregó a Israel como «heredad» la tierra que había prometido a sus padres, y el propio pueblo es «heredad» de Dios, es decir, posesión personal suya.
El primer oráculo (vv. 7-13) es una lamentación que expresa el dolor del Señor al haber tenido que entregar a su pueblo en manos de sus enemigos (v. 7). Los malos pastores (v. 10) —profetas, sacerdotes y reyes— lo cedieron a los saqueadores hasta dejarlo desolado. En sus palabras se esconde una alusión a la situación que siguió a la muerte del rey Josías, y de la que se proporcionan muchos detalles a lo largo del libro. De una parte, por lo que se refiere al efecto perverso de los malos pastores al resistirse a acoger la palabra pronunciada de parte de Dios; de otra, en lo que atañe a la devastación del territorio realizada por bandas de invasores en sucesivas campañas.
El segundo oráculo (vv. 14-17) alude tal vez a las incursiones de caldeos, arameos, moabitas y amonitas sobre el territorio de Judá que se sucedieron durante el reinado de Yoyaquim, en torno al 600 a.C., en los años previos a la caída de Jerusalén (cfr 2 R 24,2). El profeta se dirige a estas naciones, para manifestarles que la misericordia de Dios no tiene límites. El Señor les podrá salvar incluso a ellas, si se arrepienten. Pero si no lo hacen, perecerán.
Jesús evocó las palabras del v. 7 (cfr también 22,5) para anunciar lleno de pena cuál iba a ser el destino de Jerusalén (Mt 23,38; Lc 13,35) por haberse endurecido a las llamadas de Dios. El oráculo queda así como una advertencia perenne para no resistirnos a la voluntad del Señor y acoger prontamente lo que Él nos pueda pedir.
Los Hechos de los Apóstoles, en el discurso de Santiago ante el concilio de Jerusalén, aducen las palabras del v. 15 como parte del testimonio de las Escrituras, que manifiestan cómo Dios ha querido preparar para Sí un nuevo pueblo —la Iglesia— de entre todas las naciones (cfr Hch 15,16).