COMENTARIO
Es la primera de las acciones simbólicas de Jeremías narradas en el libro. Tales actos, en ocasiones aparentemente incomprensibles, son capaces de reclamar la atención de aquellos a los que el profeta se dirige con mucha mayor intensidad que pregonando un oráculo.
No es fácil imaginarse cómo Jeremías en esos años difíciles habría podido desplazarse dos veces hasta el Éufrates (situado a unos mil km de distancia). Por eso, se piensa que o bien la acción simbólica pudo haberse desarrollado al modo de una visión, o bien que habría que interpretarla como un juego de palabras entre Pará, un torrente cercano a Anatot (cfr Jos 18,23), y Perat, término con el que en hebreo se designa al río Éufrates. En cualquier caso la acción estaría indicando que Judá, ceñidor ornamental del Señor, tal como lo llevaban los sacerdotes, se corrompería por la influencia babilónica y sería destruido.
Dios le había pedido a Jeremías que comprase un ceñidor y se lo pusiera, para simbolizar que, así como esa faja se ajustaba a su cintura, así quería Dios que se le adhiriese la casa de Israel y la de Judá (v. 11). El Señor reclamaba del pueblo una total confianza en Él, con una expresión —«adhesión»— que también aparece a menudo en el libro del Deuteronomio para designar la fidelidad debida al Señor (cfr Dt 4,4; 10,20; 11,22; 13,5; 30,20). Esta «adhesión» a Dios se realiza mediante la fe. En efecto, «la fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado. En cuanto adhesión personal a Dios y asentimiento a la verdad que Él ha revelado, la fe cristiana difiere de la fe en una persona humana. Es justo y bueno confiarse totalmente a Dios y creer absolutamente lo que Él dice. Sería vano y errado poner una fe semejante en una criatura (cfr Jr 17,5-6; Sal 40,5; 146,3-4)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 150). El gesto simbólico de Jeremías puede ayudar, por tanto, a comprender que cuando uno prescinde de la fe y se separa de Dios para depositar toda la confianza en las criaturas, ya sean personas o bienes materiales, el hombre queda interiormente arruinado. A la vez, recuerda la enseñanza del Señor (cfr Mt 5,13): si la sal se desvirtúa «no vale para nada» (v. 10).