COMENTARIO

 Jr 13,15-27 

Es posible que este oráculo fuese pronunciado inmediatamente después de la primera deportación a Babilonia, el 597 a.C., ya que parece aludir a la salida de Jerusalén de Yoyaquín y la familia real (v. 18; cfr 2 R 24,12-16), y refleja la situación lamentable en que se encuentra Judá.

Los primeros versículos (vv. 15-17) son una invitación a convertirse, antes de que suceda algo peor; los siguientes (vv. 18-19) reflejan la deportación del rey y de su familia; el final (vv. 20-27) es una nueva reflexión sobre el destierro: «¿Por qué me ocurren estas cosas?» (v. 22). La consideración de Jerusalén como capaz de acciones viles y de prostituciones es imagen conocida de ciudad idólatra y pervertida.

A lo largo del libro de Jeremías vuelven una y otra vez expresiones que parecen reflejar un profundo pesimismo acerca de la capacidad de Judá y Jerusalén para cambiar. En el fondo es la constatación de la propia experiencia del profeta, que pudo comprobar cómo hacían oídos sordos a sus palabras aquellos a los que se dirigía con una y mil razones y ejemplos. Ciertamente Dios esperaba frutos del pueblo al que había elegido (cfr 8,13-15), pero quedó decepcionado. Su pecado ha arraigado de tal manera, que parece indeleble (v. 23). Ni siquiera entiende que los sufrimientos de la deportación eran un requerimiento a que se purificasen sin dejarlo para más adelante (v. 27). «El sufrimiento debe servir para la conversión, es decir, para la reconstrucción del bien en el sujeto, que puede reconocer la misericordia divina en esta llamada a la penitencia. La penitencia tiene como finalidad superar el mal, que bajo diversas formas está latente en el hombre, y consolidar el bien tanto en uno mismo como en su relación con los demás y, sobre todo, con Dios» (S. Juan Pablo II, Salvifici doloris, n. 12).

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