COMENTARIO

 Jr 14,1-15,9 

El pasaje es de un dramatismo estremecedor. Está compuesto de varios poemas y diálogos entre Dios y Jeremías. Las diversas imágenes remiten a la angustia, el hambre y la muerte, en el intento desesperado para mover al arrepentimiento. «Aquí el profeta incluye la oración a Dios por los suyos, para obtener un poco de misericordia, al menos después de algunos castigos» (S. Tomás de Aquino, Postilla super Jeremiam 14,1).

Lo que Jeremías venía anunciando acerca de los males que se sucederían sobre Jerusalén se fue cumpliendo. Al asalto del 597 a.C. y posterior deportación siguió una situación de postración calamitosa. Incluso la naturaleza pareció sumarse al castigo por la infidelidad del pueblo con una terrible sequía, que contribuyó a aumentar la desolación de la gente de Judá (14,1-6; cfr 8,18-23). En semejante estado el pueblo clama a Dios, pidiéndole que no actúe como un extraño (14,7-9). La respuesta del Señor, a través del profeta y a pesar de los intentos de éste de disculpar a los suyos (14,13), es tajante: la razón de estos desastres son las culpas y los pecados del pueblo (14,10-12), que se fía de los falsos profetas que acallan su conciencia con promesas de paz y prosperidad (14,13-16). Jeremías, compungido por la situación que se presenta ante sus ojos, vuelve a interceder ante el Señor para que no castigue a Judá (14,17-19), y el pueblo de nuevo invoca a Dios con más fuerza apelando a lo más santo (14,20-22). Pero el Señor ya ha dictado sentencia. No se va a echar atrás aunque se presentaran ante Él los grandes intercesores que había tenido el pueblo de Israel, Moisés y Samuel (15,1-4; cfr Ex 32,11-14; 1 S 7,8-12). El mal viene de tiempo atrás, especialmente desde que Manasés, hijo de Ezequías (15,4), que reinó del 698 al 642 a.C., hubiese tolerado e incluso fomentado con su ejemplo la impiedad e idolatría del pueblo (cfr 2 R 21,1-18). Así pues, al Señor no le queda otra alternativa que ejecutar su sentencia (15,5-9), porque Judá le «ha rechazado» (15,6). Este final del oráculo es muy severo y refleja el profundo dolor del profeta, incapaz de detener tanta desgracia.

Las palabras de 15,2 (cfr 43,11) son citadas en el Apocalipsis de San Juan (13,10) referidas a los tiempos finales para exhortar a sus lectores a reconocer en las circunstancias que viven la verdad de lo que él les transmite de parte de Dios y resistir a los ataques de los enemigos, aceptando con fe y fortaleza las consecuencias de la persecución.

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