COMENTARIO
La vida del profeta es símbolo de las contrariedades de su pueblo. El Señor pide a Jeremías que se imponga tres graves privaciones para que su ejemplo sea una señal que haga recapacitar al pueblo: que permanezca célibe (v. 2), y que no acuda a los duelos (v. 5) ni a las fiestas (v. 8). Común a todas ellas es el desconcierto que podían producir. De una parte, el celibato por motivos religiosos era muy infrecuente en el pueblo de Israel, pues los hijos eran considerados una bendición divina y se aseguraba en ellos la memoria después de la muerte. De otra, resultaba llamativo y descortés no dar el pésame a los conocidos, ni participar en la alegría de sus celebraciones.
Como es habitual, junto a la narración de las acciones simbólicas del profeta hay una explicación de su significado. En este caso se aclara que las prohibiciones hacen referencia al castigo que se cierne sobre Judá. La primera acción se refiere al carácter inminente y devastador de la punición. Jeremías no debe tomar mujer ni tener hijos porque morirán irremisiblemente (vv. 3-4). Las otras dos se refieren a la magnitud del desastre, pues serán tantas las víctimas, que no será posible proporcionarles honras fúnebres (vv. 6-7), y será tal la tribulación, que desaparecerá toda manifestación de alegría (v. 9). La explicación definitiva viene al final. Una terrible desgracia va a sobrevenir de modo inminente, porque ya desde varias generaciones antes el pueblo ha abandonado al Señor. Ha llegado el momento en que Dios dejará a Judá a merced de sus enemigos (vv. 10-13).
Sin embargo, en medio de estos anuncios de peligro aparecen palabras de consuelo a los deportados (vv. 14-15), que se repetirán en 23,7-8. Son como un rayo de esperanza entre tantas amenazas. Parece como si se quisiera insistir en que Dios, que ha exigido a Jeremías casi una muerte en vida (16,1-8), promete la vida al pueblo a pesar de sus pecados. Cuando se aparten de su mal camino, el Señor mostrará su fuerza para hacer retornar a su tierra a los desterrados de modo aún más glorioso que cuando sacó a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Así como el éxodo había sido una de las experiencias primordiales que fundamentaba la confianza de Israel en su Señor, hasta el punto de que se había convertido en punto de referencia para toda la vida religiosa de Israel, así también el regreso de los deportados sería considerado un segundo éxodo y el punto de partida para una nueva situación.
A continuación (vv. 16-18), enlazando con el v. 13, reaparecen los presagios de desgracias. Jeremías emplea la metáfora de los pescadores y cazadores (v. 16) para expresar la exhaustividad del castigo. Nadie va a escapar de él. Pero de nuevo, en continuidad con vv. 14-15, vuelven las palabras de consuelo y esperanza expresados ahora en un himno de alabanza a Dios. Después de la pena y purificación, incluso los paganos reconocerán al Señor como su Dios (v. 19) y rechazarán a los ídolos que, como hechura de los hombres, carecen de valor (vv. 20-21).
La imagen de los pescadores (v. 16) parece referirse a los babilonios, conocidos también por su habilidad en la pesca (cfr Ha 1,15-17). Se anuncia que junto con los «cazadores» ellos serán los instrumentos de Dios para llevar a cabo sus designios sobre Judá. Esta imagen de la pesca y de la caza implica la idea de totalidad: en sentido literal y propio se refiere a los babilonios, que atraparán a todos los israelitas estén donde estén. Los escritores cristianos, guiados por el uso que Jesús hace de la metáfora de la pesca (cfr Lc 5,10), leen este texto en sentido espiritual, aplicando la imagen de los pescadores a los cristianos que han de buscar a todos los hombres, dondequiera que estén, para acercarlos a Dios: «He aquí, promete el Señor, que yo enviaré muchos pescadores y pescaré esos peces (Jr 16,16). Así nos concreta la gran labor: pescar. Se habla o se escribe a veces sobre el mundo, comparándolo a un mar. Y hay verdad en esa comparación. En la vida humana, como en el mar, existen periodos de calma y de borrasca, de tranquilidad y de vientos fuertes. Con frecuencia, las criaturas están nadando en aguas amargas, en medio de olas grandes; caminan entre tormentas, en una triste carrera, aun cuando parece que tienen alegría, aun cuando producen mucho ruido: son carcajadas que quieren encubrir su desaliento, su disgusto, su vida sin caridad y sin comprensión. Se devoran unos a otros, los hombres como los peces. Es tarea de los hijos de Dios lograr que todos los hombres entren —en libertad— dentro de la red divina, para que se amen. Si somos cristianos, hemos de convertirnos en esos pescadores que describe el profeta Jeremías, con una metáfora que empleó también repetidamente Jesucristo: seguidme, y yo haré que vengáis a ser pescadores de hombres (Mt 4,19), dice a Pedro y a Andrés» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 259).