COMENTARIO
En esta nueva «confesión» el profeta acude al Señor al verse acosado por sus oyentes (cfr Sal 6,3-4 y 5,11-12). Está anunciando la llegada de grandes calamidades, pero no llegan y la gente se burla y le provoca (v. 15). Jeremías no desea que llegue ese día «funesto» y «aciago» (vv. 16-18); lo ha anunciado por obedecer al mandato, lo único que pide es que se cumpla la palabra de Dios y quede patente su rectitud. El profeta se siente seguro al realizar la tarea que le ha sido confiada y, en medio de las desgracias, encuentra refugio en el Señor (v. 17).
San Juan de Ávila, meditando estas palabras de Jeremías, invitaba a pedir la confianza en Dios: «En mis pasiones, en el día de mi tribulación, no me ponga la aspereza de vuestro camino temor (cfr Jr 17,17), no me haga tornar atrás el peso de vuestra cruz. Sígaos yo, Señor. Sigamos en verdad y amor, vénganos lo que nos viniere: persecución del mundo, tribulación de carne, guerra del demonio. Sea de mí lo que fuere, no me seáis vos a mí temor» (Sermones, Ciclo temporal 15,202-207).
Los desahogos del alma del profeta, que se abre al Señor con sencillez buscando cómo servirlo mejor, y con ánimo abierto a la rectificación, han sido considerados como ejemplo de un diálogo verdaderamente contemplativo con Dios. «Amadísimos hermanos —exhorta San Bernardo—, éste es el primer grado de la contemplación: pensar constantemente qué es lo que quiere el Señor, qué es lo que le agrada, qué es lo que resulta aceptable en su presencia. Y, pues todos faltamos a menudo, y nuestro orgullo choca contra la rectitud de la voluntad del Señor, y no puede aceptarla ni ponerse de acuerdo con ella, humillémonos bajo la poderosa mano del Dios altísimo y esforcémonos en poner nuestra miseria a la vista de su misericordia, con estas palabras: Sáname, Señor, y quedaré sano; sálvame y quedaré a salvo» (Sermones de diversis 5,5).