COMENTARIO

 Jr 18,1-12 

La visita de Jeremías al taller de un alfarero es una experiencia sencilla y, sin embargo, es ocasión para realzar algunos aspectos de la predicación del profeta, apoyándose en la interpretación simbólica de lo que contempla. Allí no realiza ninguna acción sino que se limita a mirar y meditar sobre lo que observa. Dios es como el alfarero que tiene el barro en sus manos y espera que éste sea dócil para sacar de él la forma que desea. La imagen de Dios como alfarero (cfr 1,5) hace pensar al lector de la Biblia en el relato del Génesis en que se describe a Dios modelando a Adán con el barro de la tierra (Gn 2,7), y recuerda otros pasajes del Antiguo (Is 29,16; 45,9; 64,7) y Nuevo Testamento (Rm 9,20-23), en los que el barro en manos del alfarero subraya la omnipotencia de Dios y la pequeñez del hombre. El Señor puede hacer con Judá lo que quiere (v. 6). Y si Dios tiene poder sobre su pueblo, también lo tiene para hacerlo nuevo o aniquilar cualquier otro pueblo o nación (vv. 7-10). Así como el alfarero puede cambiar la forma de las vasijas que acaba de modelar con el barro blando, así espera que el pueblo se deje rehacer (v. 11). Sin embargo, con su conducta obstinada Judá ha elegido libremente oponerse a Dios (v. 12).

En casa del alfarero Jeremías medita y hace meditar sobre el poder de Dios y la sabiduría que supone la entrega dócil en sus manos, dejándole actuar sin poner obstáculos. «Señor —invita a pedir San Josemaría Escrivá—, ayúdame a serte fiel y dócil, “sicut lutum in manu figuli” —como el barro en las manos del alfarero. —Y así no viviré yo, sino que en mí vivirás y obrarás Tú, Amor» (Forja, n. 875).

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