COMENTARIO

 Jr 21,1-10 

Cuando las tropas de Nabucodonosor tomaron Jerusalén por primera vez el año 597 a.C. y la sometieron a vasallaje, el rey Yoyaquín fue deportado y en su lugar los babilonios hicieron reinar a su tío Matanías, al que cambiaron su nombre por el de Sedecías como señal de sumisión (cfr 2 R 24,10-17). Este nuevo nombre significa «justicia, rectitud del Señor», o «el Señor es Justo», lo que resulta paradójico con su figura, que estaba muy lejos de ser un ejemplo de confianza en Dios. En efecto, al poco tiempo de estar instalado en el trono, Sedecías comenzó a intrigar contra los que lo habían hecho reinar y se rebeló contra el rey de Babilonia (cfr 2 R 24,18-20), que se dirigió de nuevo a Jerusalén dispuesto a castigarla. La escena narrada en estos versículos se sitúa en torno al 588 a.C. cuando las tropas babilónicas están llegando a Jerusalén y el rey atemorizado pide a Jeremías que intervenga ante Dios para ver si consigue su protección. Hay un paralelismo con lo sucedido un siglo antes, en tiempos del rey Ezequías, cuando Isaías obtuvo de Dios la liberación de la ciudad durante el asedio de Senaquerib, rey de Asiria (cfr 2 R 18,1-19,37). Este Pasjur que aparece aquí es distinto del que castiga a Jeremías en el capítulo anterior (20,1-6). Volverá a ser mencionado en 38,1.

Durante todo el tiempo anterior Jeremías había insistido en sus llamadas a la conversión para evitar la desgracia que se cernía sobre Judá por sus infidelidades, pero no había sido escuchado. El texto muestra que la presencia de los que asediaban la ciudad, llamados también «caldeos» (v. 3) porque la dinastía reinante en Babilonia era originaria de ese pueblo, no era tanto un acontecimiento militar sin más, sino la llegada del correctivo con el que el Señor había amenazado (vv. 3-7). En ese momento en que el rey, asustado, pide ayuda es ya demasiado tarde. El único camino de salvación (cfr Dt 30,15.19; Si 15,18) es la aceptación del sufrimiento como medio de conversión —esto es, la rendición a los babilonios— (v. 9b); en cambio, los que insistan en la lucha confiando en sus fuerzas no tendrán nada que hacer (vv. 9a.10).

La propuesta que llevan al profeta los mensajeros del rey busca el camino fácil de solucionar los problemas pidiendo a Dios un milagro (vv. 1-2). Pero no es ése el modo de actuar de Dios. El Señor hace milagros cuando es oportuno en sus designios, pero no para arreglar situaciones difíciles a capricho de quienes se lo solicitan. Máxime si en circunstancias normales se olvidan de Dios y sólo se acuerdan de acudir a Él para buscar un socorro a sus necesidades: «El cristiano sabe que Dios hace milagros: que los realizó hace siglos, que los continuó haciendo después y que los sigue haciendo ahora (…). Pero los milagros son una manifestación de la omnipotencia salvadora de Dios, y no un expediente para resolver las consecuencias de la ineptitud o para facilitar nuestra comodidad» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 50).

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