COMENTARIO
La llamada de atención que el profeta dirige contra los gobernantes por no ejercer su cargo con rectitud tiene vigencia en cualquier época pues siempre es necesario un gobierno justo para la buena marcha de la sociedad. «En el ámbito político se debe constatar que la veracidad en las relaciones entre gobernantes y gobernados implica la transparencia en la administración pública; la imparcialidad en el servicio de la cosa pública; el respeto de los derechos de los adversarios políticos; la tutela de los derechos de los acusados contra procesos y condenas sumarias; el uso justo y honesto del dinero público; el rechazo de medios equívocos o ilícitos para conquistar, mantener o aumentar a cualquier costo el poder, son principios que tienen su base fundamental —así como su urgencia singular— en el valor trascendente de la persona y en las exigencias morales objetivas de funcionamiento de los Estados. Cuando no se observan estos principios, se resiente el fundamento mismo de la convivencia política y toda la vida social se ve progresivamente comprometida, amenazada y abocada a su disolución» (S. Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 101).