COMENTARIO

 Jr 22,13-19 

Cuando el faraón Necó se llevó cautivo a Joacaz dejó como rey en Jerusalén a su hermano Eliaquim, al que cambió su nombre en Yoyaquim, como muestra de que le estaba sometido (cfr 2 R 23,36-24,7). Durante su reinado Yoyaquim se afanó en la construcción de edificios suntuosos con ricas maderas, pero no se preocupó en absoluto de las grandes cuestiones como la justicia y la rectitud. Por eso Jeremías lo juzga con gran dureza, con una de las condenas más crudas que conservamos del profeta. Lo presenta en contraste con su padre, el piadoso rey Josías, que hacía justicia y por eso le iba bien (vv. 15-16). En cambio, de Yoyaquim dice que no continuó su camino, sino que, en vez de honrar al Señor y cumplir su Ley, confió en sí mismo y en sus propias fuerzas. Toleró la impiedad y actuó con injusticia. Por eso, le aguarda un triste desenlace (cfr vv. 18-19). Se anuncia que tras su muerte «se le dará la sepultura de un asno» (v. 19) bien porque más tarde su tumba sería profanada por los babilonios, o bien, en sentido alegórico, porque todo el pueblo se alegró de su fin.

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