COMENTARIO
Esta colección, con encabezamiento propio (v. 9), probablemente recoge algunos oráculos procedentes de las disputas entre Jeremías con los falsos profetas durante los reinados de Yoyaquim y Sedecías. En la segunda parte del libro se narran con más detalle las dificultades que tuvo con ellos al comienzo de los reinados de ambos monarcas (cfr 26,7-11 y 28,1-17).
Esos «profetas» de los que se habla con frecuencia en el libro son unos personajes que se presentaban ante el pueblo como mensajeros de la palabra del Señor, pero decían lo que la gente quería oír en cada momento. Como es lógico, sus oráculos eran bien acogidos por sus oyentes mientras que las palabras de Jeremías, que denunciaban las infidelidades a la Alianza, instaban a la conversión y anunciaban calamidades, encontraban la oposición de esos personajes y, con frecuencia, también la del pueblo. El tema que confiere unidad a esta colección es la denuncia del pecado de los profetas que, además, por su influencia en el comportamiento, inducía al pecado de la gente y dificultaba la aceptación de la verdadera palabra de Dios.
Los oráculos vienen introducidos por un lamento ante el estado deplorable en que se encuentra Judá (vv. 9-12), especialmente porque los sacerdotes y profetas que debían orientar al pueblo habían sembrado la perdición desde el propio Templo de Jerusalén (v. 11). A continuación, se muestra el grado de inmoralidad a la que han llegado los del reino del Sur —peor que la de sus hermanos de Samaría en otro tiempo— y la paga que recibirán (vv. 13-15). No valen las excusas. Nadie puede ampararse en lo que estos enseñaban para eludir su responsabilidad personal, pues todos deben discernir si lo que se escucha lleva realmente a los caminos del Señor o aparta de ellos (vv. 16-17). No hay que oír lo que le agrada a uno, sino lo que dice Dios. Además, los falsos profetas no hacen caso al Señor y le tratan sin respeto (vv. 18-24). Atribuyen a Dios palabras que no son más que sueños (vv. 25-32), cuando existe una diferencia radical entre los sueños y la Palabra de Dios. Se da tanta diferencia como la que hay entre lo sustancial y lo fatuo, entre lo verdadero y lo falso (vv. 28b-29). Por eso, no todo el que dice que sus palabras son «profecía» es digno de crédito.
Jeremías hace un juego de palabras con el término hebreo masá, que tiene dos significados: uno material que significa «peso», «carga» (cfr 17,21.22.24.27), y otro propio de la literatura profética referido a algo que se «alza» y que equivale a «oráculo», «profecía» (Is 13,1; 15,1; 17,1; Na 1,1; Za 9,1; etc.). En nuestro texto hemos preferido traducir masá por «encargo» (excepto en vv. 33 y 38) para reflejar de alguna forma el juego de palabras. El profeta se queja de esos farsantes, que han abusado de la palabra de Dios y se han convertido en una carga para el Señor. Por eso, serán «cargados en alto» como un fardo para ser deportados fuera del país (vv. 33-39). Puesto que cada uno es responsable de sus acciones, se hace merecedor del castigo si se deja engañar por estos falsos profetas (v. 40).
Frente a la mentira de los pseudoprofetas, el pasaje destaca el valor de la verdadera Palabra de Dios. San Antonio de Padua lo subraya en contraste con los vv. 30-32: «¡Dichoso el que habla según le sugiere el Espíritu Santo y no según su propio sentir! Porque hay algunos que hablan movidos por su propio espíritu, roban las palabras de los demás y las proponen como suyas, atribuyéndoselas a sí mismos. De estos tales y de otros semejantes dice el Señor por boca de Jeremías: Aquí estoy yo contra los profetas… Hablemos, pues, según nos sugiera el Espíritu Santo, pidiéndole con humildad y devoción que infunda en nosotros su gracia» (Sermones 1,226). Porque la Palabra de Dios posee fuerza extraordinaria para quien la acoge con sencillez y limpieza de corazón. «¿Por ventura mis palabras no son como fuego? —se preguntaba con Jeremías San Juan de la Cruz—». Y se respondía: «Las cuales palabras, como él mismo dice por San Juan (6,64) son espíritu y vida; la cual sienten las almas que tienen oídos para oírla, que, como digo, son las almas limpias y enamoradas; que los que no tienen el paladar sano, sino que gustan otras cosas, no pueden gustar el espíritu y vida de ellas, antes les hacen sinsabor» (Llama de amor viva B, Canción 1ª, n. 5).