COMENTARIO
La narración da un salto en el tiempo, haciendo retroceder la escena casi diez años con respecto a la anterior. Ahora se sitúa en el año 605 o 604 a.C., con los acontecimientos que se habrían de precipitar poco después y que culminarían con la destrucción de Jerusalén y la desolación del territorio de Judá. Tras la batalla de Carquemís (año 605), en la que Nabucodonosor (605-562) derrotó al faraón Necó II, el poder de Babilonia se empieza a extender por todo el Oriente Próximo. En esos momentos Jeremías ya llevaba veintitrés años llamando a la conversión sin que sus palabras fuesen escuchadas. Por eso anuncia que la desgracia que se cierne sobre Judá con el avance de los babilonios es un castigo del Señor (vv. 1-8; cfr 3,22; 7,20; 23,22).
Cuando la primera parte del libro se acerca a su final, tras presentar una larga recopilación de oráculos de Jeremías de distintos momentos de su ministerio profético, se abunda en que Dios es el Señor de la historia. Se muestra así que el desarrollo de las circunstancias en las que tuvo lugar la predicación del profeta no fue una simple cuestión de poderío bélico o económico de las potencias del momento, sino consecuencia de la orientación de los acontecimientos por parte de Dios (v. 8). El Señor ha elegido como instrumento de su correctivo a Nabucodonosor, que causará tantos estragos en Judá (vv. 9-11), que parecerá como si Dios hubiese decretado el anatema contra Jerusalén (cfr Dt 2,24-37; 20,16-18; Jos 6,21; etc.). Pero, por lo mismo que se explican las verdaderas razones de la tragedia, se puede también alimentar la esperanza, pues el Señor ha fijado un límite de setenta años a la opresión de su pueblo (vv. 12-14).
El límite de setenta años puede entenderse al pie de la letra, abarcando desde el 605, el año primero de Nabucodonosor (v. 1), hasta el 539, año de la derrota ante los persas: setenta años de dominio babilónico. También puede interpretarse como cifra simbólica, puesto que en otros lugares el número setenta equivale genéricamente a un numero muy elevado (cfr Jc 1,7; 1 S 6,19; Mt 18,22; etc.): muchísimos años de opresión. En todo caso, dentro de un panorama desolador, el plazo de setenta años implica también una promesa de restauración. Es lo que le sucedió a la generación que vivió el éxodo de Egipto; murió antes de entrar en la tierra prometida, pero sus descendientes la poseyeron. Del mismo modo, la generación que marcha al destierro de Babilonia no regresará a su tierra, pero la muerte en el exilio no significa que no vaya a cumplirse la promesa divina. El tema de los setenta años reaparecerá en 29,10 y 2 Cro 36,21, y es el punto de partida de la profecía de Dn 9,1-27.