COMENTARIO
La escena se sitúa en Jerusalén en los primeros años del reinado de Sedecías, probablemente el 594 o 593 a.C. (cfr 28,1). Después de la muerte del faraón Necó II el año 595, la ascensión al trono de su sucesor Samético II (594-589 a.C.) había despertado en los pueblos de la zona esperanzas de liberarse del yugo babilónico. La reunión en Jerusalén de los embajadores de países sometidos en esos momentos al poder de Nabucodonosor pagándole un fuerte tributo (v. 3) y la acción simbólica de Jeremías sugieren que buscaban un acuerdo para quitarse de encima esa servidumbre.
La intervención de Jeremías, con el yugo y las ataduras al cuello, hace evidente el mensaje. Lo que anuncia no se fundamenta en razonamientos políticos sino en la palabra de Dios. No han de intentar quitarse de encima el yugo babilónico sino someterse a él para salvar la vida. Sólo la sumisión a Nabucodonosor les traerá la paz y el bienestar (vv. 2-11). El profeta dirige el mismo anuncio al rey Sedecías (vv. 12-15) y a los sacerdotes y al pueblo (vv. 16-22), exhortándoles a no hacer caso de los falsos profetas. No deben escucharlos. En vez de recuperar lo que ya les habían despojado, perderán aún más. La derrota sufrida, y la subsiguiente deportación a Babilonia de parte del pueblo que habían contemplado tres o cuatro años antes, no sería nada comparada con la calamidad que les iba a suceder. Todo lo que de valor había quedado en el Templo después del primer saqueo también sería llevado a Babilonia tras una nueva humillación mucho peor que la anterior (vv. 18-19).
Para la descripción de los vasos y objetos sagrados del Templo mencionados en el v. 19 ver 1 R 7,15-39. El saqueo definitivo del Templo por Nabucodonosor es narrado en 2 R 24,10-16.
El pasaje subraya el dominio absoluto de Dios sobre todo lo creado. Muestra cómo no sólo Israel sino también todas las naciones están en las manos de Dios. El rey babilonio no es más que un instrumento para ejecutar los designios divinos.