COMENTARIO

 Jr 28,1-17 

La reacción de los profetas y sacerdotes a lo que consideraban una provocación de Jeremías (27,1-22) no tardó en llegar. Como respuesta a su mensaje aparece Ananías, que también se presentaba ante el pueblo como profeta de oráculos del Señor, anunciando, en cambio, el fin próximo —dos años— de la situación en que se encontraban (v. 3). Jeremías le responde que a él también le gustaría que así fuera, manifestando su amor hacia su tierra y su pueblo; pero, como había ocurrido con anterioridad, la palabra del Señor presagiaba desventuras; los augurios favorables sólo podían ser reconocidos como tales después de que se cumplieran (vv. 6-9). Ananías no cede. Su actitud arrogante (vv. 10-11) da paso a una intervención de Jeremías que confirma la verdad (vv. 12-14). Los espectadores de la disputa tal vez tomaron parte por uno o por otro, pero dos meses después quedó patente quién era un farsante y quién un verdadero hombre de Dios (vv. 15-17). En contraste con los dos años que anunciaba Ananías, en un tiempo mucho menor, dos meses, se confirmó la verdad de lo dicho por Jeremías. Se cumplió la amenaza del Deuteronomio: «El profeta que ose pronunciar en mi nombre una palabra que no le haya mandado decir, y el que hable en nombre de otros dioses, ese profeta morirá. (…) Si lo que dice el profeta en nombre del Señor no sucede ni se cumple, esa palabra no la ha pronunciado el Señor. El profeta ha hablado presuntuosamente: no le temas» (Dt 18,20; cfr Dt 13,6).

La discusión de ambos ante al pueblo saca a la luz un problema que reaparece con frecuencia en la Sagrada Escritura, y en cierto modo es perenne: ¿cómo es posible discernir quién es el verdadero profeta enviado por el Señor? ¿Qué es verdaderamente lo que Dios quiere decir, cuando hay varios que en su nombre proclaman mensajes incompatibles entre sí? En el antiguo Israel era el cumplimiento lo que garantizaba la verdad de lo que alguien decía de parte de Dios. En el nuevo pueblo de Dios, en cambio, el Espíritu Santo asiste a la Iglesia para discernir cuándo alguien habla verdaderamente en nombre del Señor, es decir, cuándo se trata de un verdadero carisma: «Estos carismas, tanto los extraordinarios como los ordinarios y comunes, hay que recibirlos con agradecimiento y alegría, pues son muy útiles y apropiados a las necesidades de la Iglesia. Los dones extraordinarios, sin embargo, no hay que pedirlos temerariamente ni hay que esperar imprudentemente de ellos los frutos de los trabajos apostólicos. El juicio acerca de su autenticidad y la regulación de su ejercicio pertenece a los que dirigen la Iglesia. A ellos compete sobre todo no apagar el Espíritu, sino examinarlo todo y quedarse con lo bueno» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 12).

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