COMENTARIO

 Jr 30,1-24 

En los oráculos con los que se inicia el «Libro de la Consolación» se recogen unos en verso, dirigidos sobre todo a alimentar la esperanza de Israel, el reino del Norte. A éstos se les han añadido otros, normalmente en prosa, donde se aplican a Judá esas promesas de restauración. Los primeros posiblemente fueran compuestos al principio del ministerio profético de Jeremías, durante el reinado de Josías, cuando el decaimiento del poder asirio y la reforma religiosa llevada a cabo en el reino del Sur permitían abrigar esperanzas de que los israelitas que habían sufrido la invasión asiria pudieran retornar. Los últimos fueron compuestos al cabo de los años, cuando se habían producido deportaciones en Judá. En ningún caso Dios se olvida de los suyos y promete la restauración del pueblo en su tierra.

En los primeros oráculos se establece un contraste muy fuerte entre la situación de sufrimiento y angustia que hay en Israel, que parece no tener arreglo ni solución (vv. 5-7.12-15), y la promesa de que el Señor no lo abandona y no tolerará su destrucción aunque permita la pena merecida por sus pecados (vv. 10-11.16-24). Del mismo modo, Jerusalén será reconstruida y la vida en Judá, tras una reforma religiosa y social, florecerá como antes (vv. 18-21). Así como el Señor liberará a Israel, así también lo hará a su tiempo con Judá. Romperá el yugo que los babilonios impusieron sobre ellos (cfr 27,1-22) y podrán servir de nuevo al Señor, gobernados por un descendiente de David (vv. 8-9; cfr 23,5; Ez 34,23; 37,24). La versión de los Setenta omite el versículo 22, que aparece en 31,33. Es una fórmula de Alianza válida en todo momento y apropiada en cualquier contexto (cfr 7,23; 11,4; 24,7; 32,38).

El motivo que fundamenta la esperanza es el mismo que se repite a lo largo de este libro: «Yo estoy contigo» (v. 11; cfr 1,8; 1,19; 15,20; 30,11; 46,28). A pesar de los pecados de los hombres, Dios es misericordioso y persevera en su amor por encima de las infidelidades de las criaturas. «La miseria del hombre es también su pecado. El pueblo de la Antigua Alianza conoció esta miseria desde los tiempos del éxodo, cuando levantó el becerro de oro. Sobre este gesto de ruptura de la alianza triunfó el Señor mismo, manifestándose solemnemente a Moisés como “Dios de ternura y de gracia, lento a la ira y rico en misericordia y fidelidad” (Ex 34,6). Es en esta revelación central donde el pueblo elegido y cada uno de sus miembros encontrarán, después de toda culpa, la fuerza y la razón para dirigirse al Señor con el fin de recordarle lo que Él exactamente había revelado de Sí mismo y para implorar su perdón» (S. Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 4).

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