COMENTARIO
El recuerdo del encuentro con los recabitas que se acaba de evocar (35,1-19) dirige la atención hacia la época del reinado de Yoyaquim en que sucedió este otro episodio. Anteriormente se habían señalado las dificultades que le habían sobrevenido a Jeremías cuando predicó en el Templo al poco de subir este rey al trono (cfr 7,1-8,3; 26,1-24). Ahora se muestra que los problemas continuaron. El incidente que aquí se narra ocurrió en el 605 y 604 a.C. (v. 1). La referencia a su «estar preso» (v. 5) hay que entenderla como una prohibición de entrar en el Templo, quizá como consecuencia de las dificultades antes referidas. El Señor pide a Jeremías que ponga por escrito todas las profecías desde que comenzó su predicación el año 627 y las lea en público. La impresión que causó la lectura de los oráculos en el pueblo y en los nobles fue muy positiva (vv. 9-19). Por contraste, la reacción del rey fue muy distinta (vv. 20-26).
La escena de la lectura del rollo ante el rey Yoyaquim probablemente contrastaba con otra análoga sucedida a su padre Josías. Según los libros de los Reyes y de las Crónicas, se encontró en el Templo el rollo de la Ley con motivo de unas obras que se estaban realizando. El rollo fue llevado al rey Josías y leído en su presencia. Éste rasgó sus vestiduras y se sintió movido a conversión. Además envió a preguntar a los profetas que le indicasen de parte del Señor lo que tenía que hacer (cfr 2 R 22,8-20; 2 Cro 34,14-28). La actitud de Yoyaquim fue totalmente distinta a la de su padre. No sólo no se sintió movido a conversión, sino que, a pesar de que algunos intentaran disuadirle (v. 25), el rollo terminó roto y quemado en un brasero con el deseo inútil de hacer desaparecer las palabras dichas de parte del Señor (vv. 22-24). Pero los hombres no pueden anular la palabra de Dios. El Señor protege al profeta y éste no sólo vuelve a dictar las mismas palabras sino que además añade «otras muchas» (vv. 27-28.32). La enseñanza del pasaje es obvia: si Dios tuvo misericordia de Judá por la conversión de Josías, Yoyaquim mereció recibir los castigos que el Señor le había anunciado y él no quiso oír (vv. 29-31; cfr 22,18-19).
En esta interesante narración los estudiosos han encontrado datos sobre la redacción de éste y de otros libros de la Biblia: fueron redactados por algún discípulo de un profeta y, con frecuencia, sufrieron modificaciones y adiciones hasta llegar a la forma definitiva. En todo el proceso estuvo presente la acción del Espíritu Santo.