COMENTARIO

 Jr 37,1-44,30 

Después de narrar las persecuciones sufridas por Jeremías de parte de profetas, sacerdotes y reyes, los relatos biográficos sobre su persona culminan en esta sección donde se exponen los acontecimientos de los últimos días de Judá y Jerusalén antes de su destrucción y de la subsiguiente y más numerosa deportación a Babilonia (587 a.C.). En este tiempo Jeremías estuvo casi siempre en prisión, desde donde desarrolló su actividad profética hasta que, después de la caída de Jerusalén, marchó a Egipto. Allí, según una antigua tradición, murió mártir.

Los relatos impresionan por la entereza del profeta ante el sufrimiento en medio de tantas penalidades, y por su fidelidad a Dios. Por eso han sido leídos con frecuencia en la Iglesia como figura de la Pasión de Jesucristo. San Isidoro de Sevilla comenta que «Jeremías con sus palabras y sus padecimientos prefiguró la muerte del Señor y Salvador» (Allegoriae quaedam 108). Y Santo Tomás de Aquino dice que la pasión de Jesús «fue anunciada clarísimamente por Jeremías con sus palabras y misterios, y muy expresamente figurada en sus padecimientos» (Summa theologiae 3,27,a.6c).

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