COMENTARIO
Se habla ahora con cierto detalle de los acontecimientos relativos a la caída y destrucción de Jerusalén en agosto del año 587 a.C., después de año y medio de asedio, resumiendo las noticias que de ellos también se conservan en 52,1-34 y en 2 R 25,1-30. El trágico fin en el que acaba el intento de huida del rey y de su familia confirma lo que había sido anunciado por el profeta. Sedecías es llevado a Riblá, en Siria, y, después de torturado, conducido a Babilonia (39,1-10). Se supone que allí murió, pues no se dice nada más de él en ningún otro lugar de la Biblia. Es probable que este silencio quiera reflejar la condena de este último rey de Judá. Por su parte, Jeremías es puesto en libertad (39,11-14; 40,1-6), probablemente después de que hubiera sido incluido en el grupo de prisioneros que habían sido llevados a Ramá camino del cautiverio (40,1; cfr 31,15-17). Elige permanecer junto a Godolías, nieto de Safán, secretario del piadoso rey Josías, e hijo de Ajicam, protector del profeta (cfr 26,24). Godolías había sido nombrado gobernador de Judá por Nabucodonosor después de la toma de Jerusalén (cfr 40,7) y se había establecido en Mispá, a 13 km al norte de la capital.
Lo acontecido en la ciudad y la suerte de Sedecías contrasta con la salvación que se promete al funcionario etíope (39,15-18) y la liberación del profeta (40,1-6). Sedecías desconfió de Dios, trató de salvar su vida y la perdió. El etíope confió en Dios, pues se preocupó de salvar la vida de Jeremías (38,7-13), y se salvó de los babilonios y de sus enemigos (39,17). Y Jeremías fue liberado, porque fue fiel a la palabra de Dios que anunciaba la desgracia de Jerusalén. Los hechos, que no escapan a la providencia divina, han venido a ratificar la autenticidad del mensaje que tantas dificultades le había traído al profeta, pero que él repitió con valentía una y otra vez. Si en la discusión con Ananías alguien había quedado con la duda de cuál de los dos transmitía de verdad la palabra de Dios (cfr 28,1-17), ahora los acontecimientos avalan a Jeremías. Una vez más, el texto bíblico vuelve a enseñar que la palabra de Dios se cumple siempre y que la felicidad en la vida depende de la confianza en Dios y de la fidelidad a su palabra.