COMENTARIO

 Jr 40,7-41,18 

El relato del intento fallido de reorganizar a los que no habían sido deportados amplía lo conocido por 2 R 25,22-26. El profeta, no obstante, no aparece mencionado en él. Las autoridades babilónicas habían dejado a Godolías, persona de noble carácter (cfr 40,14-16), como gobernador de Judá, y en torno a él se estaba organizando la vida de aquellos que, como Jeremías, habían aceptado pacíficamente la sumisión a Babilonia. Sin embargo, entre las gentes que no habían sido llevadas al destierro, no faltaban quienes miraban con animadversión al nuevo gobernador como alguien impuesto por los invasores. El rey de Amón, quizá por envidia a Godolías, se aprovechó de ello. Instigó a Ismael, lejanamente emparentado con la dinastía davídica (41,1), para dar muerte a Godolías. En dos meses (cfr 39,2 y 41,1) la situación que se prometía esperanzadora terminó trágicamente. Ismael sembró el terror, asesinando a casi todo un grupo de peregrinos del norte que, tras la destrucción de Jerusalén, se dirigía a ella manifestando externamente su duelo por la ciudad santa, para ofrecer sacrificios en el Templo (41,4-7). No se dice por qué los mató, pero en última instancia se sugiere que no fue más que un latrocinio (41,8) y un desprecio hacia Mispá. La cisterna, construida por Asá (cfr 1 R 15,22) e imprescindible para sobrevivir, fue llenada de cadáveres (41,9). Ismael y sus hombres se llevaron presos a los que estaban con Godolías en Mispá. Pero, su intento de pasarse a los amonitas es truncado por Yojanán, a pocos kilómetros de allí. A pesar de todo, los prisioneros temieron volver a Mispá por temor a la reacción que pudieran tener los babilonios ante la noticia del asesinato de Godolías y tomaron el camino de Egipto. Es posible que Jeremías estuviese entre los que fueron apresados, pues él mismo había decidido quedarse con Godolías (cfr 40,6); sin embargo, no se le menciona. Quizá el redactor final no quiso mezclarlo entre tanto desastre, o quizá no se sabía nada de su paradero.

El asesinato de Godolías pasó a ser un día de ayuno en la tradición judía (Za 7,5; 8,19).

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