COMENTARIO

 Jr 43,8-44,30 

La predicación de Jeremías en Egipto, al final de su actividad profética, comienza por el encargo de realizar una nueva acción simbólica, que anuncia la inminente victoria de los babilonios sobre los egipcios (43,8-9). El profeta, que ha llegado a Egipto en contra de su voluntad, conducido por los cabecillas del pueblo que esperaban encontrar junto al faraón la protección contra las asechanzas de Babilonia, les dice que no lo lograrán, pues los babilonios también conquistarán ese país (43,10-13; cfr 46,13-26; Ez 30). Flavio Josefo indica que así sucedió el 582 a.C. (Antiquitates Iudaicae 10,9,7), aunque no hay otros testimonios de ello. Sí hay datos, en cambio, de que Nabucodonosor II derrotó al faraón Amasis (568-526 a.C.) el año 568, aunque no llegó a conquistar Egipto.

Tras la acción simbólica se recoge la condena de la idolatría en la que habían caído los judíos en Egipto. La palabra de Dios parece dirigirse a todos los israelitas residentes en el país del Nilo: a los que vivían en el Delta (Migdol, Tafnes y Menfis) y a los del alto Egipto (Patrós); a los que estaban establecidos allí desde hacía tiempo y a los que acababan de llegar desde Judá. La capital de esta última región era Elefantina, donde se han encontrado numerosos documentos que atestiguan un gran sincretismo religioso entre los judíos residentes allí.

El pasaje enseña la diferente interpretación de la historia según Jeremías y según los que estaban en Egipto (44,28). Las comunidades judías de Egipto entendían que la reforma de Josías había causado el desastre y que, por tanto, era mejor volver a la situación anterior. En diálogo con ellos, Jeremías alude, en cambio, a las consecuencias que había traído la idolatría (44,1-14). Les anuncia que si no dejan de adorar a los falsos dioses serán destruidos como lo fue Judá. La reacción del pueblo es nula. Incluso las mujeres, que necesitaban el consentimiento de sus maridos para realizar votos (cfr Nm 30,4-17), son las favorables a las prácticas idolátricas. Fundamentados en la experiencia, responden que precisamente el abandono de los cultos cananeos (cfr 7,18) ha sido lo que ha ocasionado la tragedia (44,15-19). El profeta, en respuesta, rebate esa errónea interpretación de la historia, reafirmando lo anteriormente dicho y presagiando para ellos terribles desgracias (44,20-30). El Señor «está vigilando» y no dejará impune su rebeldía (44,27). Es más, ante su escepticismo, les ofrece una señal que podrá confirmar la veracidad de su vaticinio (44,29): el faraón seguirá la misma suerte que Sedecías. El texto no dice más, pero su palabra se cumplió con el asesinato de Jofrá el 568 a.C.

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