COMENTARIO

 Jr 48,1-47 

Los oráculos que siguen a continuación se dirigen a Moab (vv. 1-47), Amón (49,1-6) y Edom (49,7-22), que eran las tres naciones situadas al oriente del Jordán y del Mar Muerto en las que se habían refugiado muchos judíos durante los años de violencia que precedieron a la caída de Jerusalén, y desde donde comenzaron a regresar cuando Godolías fue nombrado gobernador de Judá (cfr 40,11-12). Son regiones vecinas con las que los israelitas tuvieron conflictos desde los comienzos de su establecimiento en Canaán.

Resulta sorprendente la extensión del oráculo contra Moab, el más largo de todos. Los datos bíblicos y extrabíblicos de ese pequeño país, vecino de Judá por el este, no nos proporcionan una explicación adecuada. En el libro de los Jueces se habla de la opresión de Eglón, rey de Moab, sobre los israelitas (Jc 3,12-14). También lucharon contra ellos Saúl (1 S 14,47) y David (2 S 8,2). Durante un tiempo estuvieron sometidos a la servidumbre de Israel, pero Mesá, rey de Moab, se rebeló y fue combatido por Joram de Israel ayudado por Josafat de Judá (2 R 3,4-27). En tiempos de Jeremías algunas bandas armadas de Moab, favorables a Nabucodonosor, atacaron Judá (2 R 24,2).

El dios nacional de Moab era Camós, a quien Salomón llegó a edificar un lugar de culto cercano a Jerusalén (1 R 11,7.33; 2 R 23,13).

También Amós (Am 2,1-3), Ezequiel (Ez 25,8-11) y sobre todo Isaías (Is 15,1-16,14) tienen oráculos sobre Moab. Incluso algunas expresiones contenidas en Jeremías se encuentran formuladas con términos parecidos en Isaías (vv. 32-33 e Is 16,6-10; vv. 37-38 e Is 15,2b-3). Los oráculos presentan una región totalmente devastada, que sólo es capaz de lamentarse. Se anuncia su destrucción, ciudad por ciudad, desde el norte hasta el sur (vv. 1-12). Por su orgullo y presunción los moabitas serán castigados (vv. 13-30), de modo que en Moab habrá un lamento y duelo tal, que será digno de compasión (vv. 31-39). El castigo es inevitable: la capital Jesbón, con el palacio en el que habitó su antiguo rey Sijón (cfr Nm 21,28), será destruida y sus habitantes llevados en cautividad (vv. 40-46). Así lo ha decidido el Señor por levantarse contra Él (v. 42) confiando en su dios Camós (vv. 7.13.46). Sin embargo, al final también se le transmite a Moab la esperanza de restauración (v. 47). De este modo, se deja entrever de nuevo que el Dios de Israel es también Señor de los pueblos.

El v. 10 (cfr Jc 5,23), que condena a aquel que no se muestra celoso en llevar a cabo un mandato divino, en este caso la destrucción de los moabitas, ha sido con frecuencia utilizado en la tradición ascética en sentido espiritual. Especialmente el Papa San Gregorio Magno lo empleaba para subrayar con fuerza la responsabilidad en el ejercicio del ministerio sacerdotal o como exhortación para no descuidar la lucha por la perfección (cfr Regula Pastoralis 3,25). Así, por ejemplo, comentando la primera parte del versículo, decía: «Dos son las cosas que hay que evitar cuidadosamente: la desidia y el fraude, según lo que es dicho por el profeta en una antigua traducción: Maldito el que hace la obra de Dios fraudulentamente. Pero hay que tener en cuenta sobre todo que la desidia surge por el sopor, y el fraude por el amor propio, pues un amor de Dios pequeño provoca lo primero y el amor propio que se apodera de la mente crea lo segundo. Hace un fraude en la obra de Dios quien amándose desordenadamente a sí mismo por lo que ha hecho bien, se apresura a buscar la recompensa en los bienes transitorios» (Moralia in Iob 9,34,53).

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