COMENTARIO
El oráculo desarrolla en primer lugar (51,20-26) la imagen ya utilizada del martillo (50,23). Babilonia, que había sido instrumento de Dios para castigar a otras naciones, es ahora triturada por haber hecho pedazos el Templo de Jerusalén (cfr 50,28).
Pero las amenazas no cesan (51,27-44). Se invita a la destrucción del imperio babilónico no sólo a los reyes de Media (51,11.28), sino a los pueblos que fueron conquistados por aquél y que estaban más al norte, en la zona de Armenia («Ararat») y alrededor del lago Urmia («Miní y Ascanaz») (51,27). Babilonia quedará desolada (51,29-33), porque Dios acudirá a hacer justicia a la ciudad santa y a sus habitantes (51,36-40), que como el profeta Jonás han sido devorados por un monstruo y vomitados en el exilio (51,34-35.44). No quedará más que lamentarse por la célebre ciudad (51,41-43), pues incluso sus murallas, famosas en el mundo entero, se derrumbarán.
El oráculo finalmente se dirige a los que están en el exilio (51,45-58). El profeta les exhorta a tener confianza, pues el Señor cumplirá su palabra. El Señor hará venganza de lo que hicieron contra el Templo de Jerusalén, porque Él es justo remunerador.